El espíritu regalón de diciembre ha capturado a la mayoría congresal. Los padrastros de la patria ataviados de criollos Papa Noel pero con mañas de Pepe el vivo, quieren congraciarse con la masas y darles todo lo que exigen, porque, dizque, ha llegado la hora de aniquilar la injusticia social –arrastrada desde tiempos ancestrales–, con la mágica y poderosa arma que le otorgó el soberano: las leyes.
En ese eufórico y enfermizo afán, a la mayoría congresal no le importa que sus leyes sean descaradamente inconstitucionales, menos que dinamiten las bases de la sostenibilidad económica del país (estabilidad fiscal y macroeconómica), que costó sangre, sudor y lágrimas a millones de peruanos. No, eso no interesa. Su único objetivo es conseguir a como dé lugar ese reconocimiento ciudadano esquivo, ajeno y lejano. Esa insaciable necesidad de salir airosos ante el imaginario colectivo y pasar a la historia como los genuinos héroes del bicentenario.
Así con la torpeza de un elefante paseando por una cristalería, la mayoría congresal intenta hacer justicia con aquellos que deciden bloquear carreteras, secuestrar indefensos, apedrear a quien decide rebelarse contra sus salvajadas, incendiar bienes y asaltar propiedades. Justificando lo injustificable, con la anuencia complaciente y parsimoniosa de un Poder Ejecutivo anodino, los padrastros de la patria finalmente ceden al chantaje derogando leyes o aprobando otras en modo delivery.
Alentados por quienes buscan pescar a río revuelto, la mayoría legislativa va por más. No basta tumbarse leyes para supuestamente, por ejemplo, hacer creer a los miles de trabajadores de la actividad agroexportadora que van a empezar a ganar más; o, a los cientos de miles de empleados estatales del régimen laboral CAS “regalarles” la añorada estabilidad laboral arropada con todos los derechos negados por años; o “formalizar” a los que hacen del taxi colectivo un negocio a costa de la vida de sus pasajeros o de seres humanos que se les cruzan en sus alocados caminos; o, engañar miserablemente a millones de adultos mayores con el cuento de la devolución de todos sus aportes a la ONP.
De seguro aprobarán más despropósitos, que sin lugar a dudas serán aplaudidos por diversos sectores, pero lo que nadie quiere ver ni menos enfrentar será las secuelas de estas decisiones: mayor pobreza, desempleo e inestabilidad política y económica. La correlación entre las leyes de un Congreso inoculado con el virus populista y el ingreso a una economía de guerra, donde la caja fiscal es asaltada permanentemente en nombre de las necesidades del pueblo, nos llevará de nuevo a desempolvar “la maquinita”, a reinstaurar el control de precios y resucitar la temida inflación, depredadora del poder adquisitivo del sufrido trabajador y causante del histórico subdesarrollo y desigualdad que padecemos aún ad portas del bicentenario. En ese momento, será cuando la clásica carcajada navideña se convierta en el ¡jo, jo, jo…! pero de jodidos.