Desde el pasado 6 de abril, nuestro querido Víctor José La Chira Acevedo, a quien con cariño lo llamábamos JOLA está declamando hermosos versos para diosito, quien emocionado aplaude de pie. Disfrutaba cuando había alguien deleitándose con tu talento, sin importarle la audiencia. Por eso, estoy seguro que allá, ya ha instalado su cabina y continuará transmitiendo ininterrumpidamente su sintonizado programa “La poesía y tú”.
Por las venas de JOLA corrió a borbotones el arte desde cuando fue concebido, lo tenía impregnado en su ADN. Su sello romántico lo heredó de sus padres, quienes como buenos provincianos, moldearon el talento artístico de Jola desde su niñez. Su madre, una romántica y luchadora mujer ayacuchana descendiente de los bravos montoneros que se fajaron contra la invasión chilena en la Guerra del Pacífico y su padre, un agricultor y obsesionado gallero piurano a quien sus compueblanos invitaban con frecuencia a sus hogares por sus dotes de animador como repentista y cantor.
JOLA solía embelesarnos con exquisita sutiliza cuando declamaba poemas, hacía vibrar su potente voz al que armonizaba musicalmente. No había escenario donde su voz no se impusiera y no había oyente alguno que ante él no se rindiera porque él siempre sabía dar, a cada verso, a cada palabra, la intención, el matiz y ritmo preciso. De ese pequeño cuerpo irradiaba la potente voz para silenciar los escenarios declamando, agigantándose, como lo hacen quienes han vencido los nervios y los traslada inteligentemente a los oyentes. Defendía a cada poema como si fueran todos escritas por él y nos transportaba a ese mundo de fantasía o nos hacía aterrizar y pisar la cruda realidad. Fue uno de los poetas que anduvo arengando al amor, un romántico versado con quien se podía entablar fácilmente conversación. Fue un soñador que trajinó incansable buscando, a través de la poesía, cambiar el reino de injusticias de este mundo.
Ahora los versos están de duelo y en Chambara ubicado en Sayán, Centro poblado donde nació JOLA, el viento se ha detenido, apenas respira, pero sentimos que nos abraza para aferrarnos a sus recuerdos y eternizar, desde ahí, los versos que ahora se han mudado de escenario y engalanan otras aureolas donde los poemas danzan con elegancia. Maestro, que la función no se detenga y, mientras usted descansa en paz, véngase con otro poema que el respetable se ha puesto de pie para aplaudirlo.