Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Arguedas, un día como hoy

Antes de pegarse un tiro, la mañana de un día como hoy 28 de noviembre pero de 1969, José María Arguedas había dispuesto todo para que su decisión no contrariara a nadie, ni siquiera a quienes iban a ocuparse de los más mínimos detalles de sus pompas fúnebres. En el oficio diurno de su muerte guardó un lugar para la indecible letanía de la música. Mientras el féretro era introducido en el nicho perpetuo y polvoriento, la multitud llorosa cantaba a viva voz los huaynos que él mismo había escogido y que –Warma Kuyay– acompañaron a su corazón de niño hasta el jardín del Edén de Dios y de los huérfanos.

Escribió novelas memorables que reflejan, como ninguna antes ni ninguna después, la increíble escisión del Perú contemporáneo, su frustración de siglos. Un país de cara al mar y otro de cara al cielo y las montañas; y, entre ambos, un abismo más grande que el mar y más alto que el cielo y las montañas. Todas las sangres, Los ríos profundos y El zorro de arriba y el zorro de abajo, son, entre otras obras suyas, la crónica lúgubre de una realidad que hasta hoy sigue allí en el fondo casi intocada, invulnerable.

Se expresaba magistralmente en español pero vivía y pensaba en quechua porque, cuando niño tiranizado por su madrastra, creció con los campesinos de la hacienda que relegados y despreciados como él, formaban una comunidad vinculada entrañablemente por la tierra y por el abuso.

Su depresión era tan honda como permanente. Cierto día uno de sus amigos le preguntó: qué podemos hacer nosotros, los que te queremos, para que no te mates. Y él respondió sin titubear: impidan la llegada de los españoles.

Pero los españoles llegaron como la muerte de su mamá y los atropellos del hermanastro. Y él sin saber qué hacer corrió y corrió despavorido hasta alcanzar el riachuelo y luego la chacra y luego el vasto páramo de la literatura y del silencio hasta que un día más triste que otros días todas las sangres le latieron demasiado fuerte dentro del pecho y los ríos profundos de su heredad y de su vida desembocaron con inimaginable furor en el encrespado mar de sus angustias y el zorro de arriba y el zorro de abajo aullaron en su derredor como jamás lo habían hecho y él –“un animal de los llanos fríos perdido en tierras calenturientas y extrañas”– sintió, como  César Vallejo, que “no poseía nada para expresar su vida sino su muerte”.

Y entonces la expresó. Sin decir ni palabra ni silencio.

 





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