Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Dolores O’Riordan

Fue encontrada muerta en la bañera de su habitación del hotel Hilton de Londres, sumergida entre las burbujas British Rose y con varias botellas de champán al lado. Según la investigación del Tribunal Forense de Westminster que acaba de concluir, estaba totalmente ebria y ello provocó el accidente: aguas que matan entre la exultación y la tristeza.

Sin quererlo o quizás queriéndolo, sus últimos pasos fueron dados como en el título de una de sus más bellas y emblemáticas canciones: “Zombie”.  ‘Zombie’ por las batallas fratricidas entre los católicos y protestantes de su país natal, Irlanda. ‘Zombie’ por buscar el amor sin encontrarlo. Por olvidar o por querer olvidar. Por no saber a dónde ir o por saberlo y no poder caminar ese pequeño trecho.

Dolores era la figura de The Cranberries, un icono del rock de la década de los 90, con más de 40 millones de discos vendidos. Desde su primer álbum, Everybody Else Is Doing It, So Why Can’t We? hasta el último, lanzado el año pasado, Something Else, la banda y ella eran una sola cosa. Pero casi desde el principio, entre las luminarias y los viajes, o, tal vez, por ellos mismos, su voz, su verdadera voz, aquella que no sale de la garganta o el diafragma sino del corazón herido, se fue desgarrando poco a poco. Como en el De Profundis de Mozart, Dolores hacía sentir ese quejido, ese coro: clamavi ad te, Domine. Desde el fondo de mí clamo a ti, Señor…

En el bosque de hayas negras de Irlanda se forma desde hace 300 años uno de los túneles más inverosímiles del mundo: Dark Hedges, en donde las ramas de los árboles se entrelazan formando un gran arco que apenas si permite el paso de una hilacha de luz. Dolores cruzó como un hada por ese túnel, aunque sin saberlo se empapó hasta los huesos de sus seculares sombras. Al igual que Esenin, el gran poeta ruso,  quería vivir pero algo la empujaba, no a la vida, sino a hacer realidad el título de uno de sus libros: Ritual para la Muerte.

Sergei Esenin tuvo su ritual, ahorcándose, totalmente ebrio, en su cuarto del Hotel Angleterre de San Petersburgo. Y Dolores O’Riordan el suyo, caminando ‘zombie’ no por el túnel de extraños árboles de su tierra, sino por el pasillo de una habitación del hotel Hilton de Londres, directo a la bañera, en donde la esperaba la muerte sumergida entre las burbujas British Rose y con varias botellas de champán al lado.





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