Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:



El gigante de ojos azules

Era débil como una caña y manso como un ciervo pero aun así fue fiel a su palabra: “Has de saber morir por los hombres. Y además por hombres que quizás nunca viste. Y además sin que nadie te obligue a hacerlo. Y además sabiendo que la cosa más real y bella es vivir”.

Sus poemas se inscribieron siempre en la brega pero no dejaron de ser por ello poemas de amor. Así, las Cartas a Taranta Babú, su pequeña hija a la que no podía ver por sus distancias y sus yugos, tiene como tema la invasión de Etiopía por las tropas de Mussolini; y la Leyenda del Jeque Bedreddin, recoge la revuelta antifeudal que en el siglo XIV protagonizó la secta Simavi, constituida por musulmanes, judíos y cristianos, todos hermanados por una misma causa. Era un cantor de las tribulaciones de la inmensa humanidad que estaba, por supuesto, representada en la ciudad de Salónica, en donde nació, así como en toda su patria y en las patrias que se extendían por los cuatro lados del mundo y a la que dedicó uno de sus más bellos textos que concluye con esta premonitoria frase: la inmensa humanidad espera; la vida es esperanza.

Este gigante de ojos azules se enamoró de una mujer pequeña “cuyo sueño era una casita/pequeña, como para ella/que tuviera al frente un jardín/ con temblorosas madreselvas.” Su historia, contada por él sin amargura, explicaba esa fatalidad: “El gigante amaba en gigante/su mano, a grandes obras hecha/mal podía construir los muros/ ni usar el timbre de la puerta/ de una casita con jardín/con temblorosas madreselvas.” Entonces, como tenía que suceder, la mujer pequeña/ “pronto se cansó, mimosa/ de tan desmesurada empresa/ que no concluía en un jardín/ con temblorosas madreselvas. Adiós, ojos azules, dijo/ y con graciosa voltereta/ del brazo de un enano rico/ penetró en la casa pequeña/ que tenía al frente un jardín/ con temblorosas madreselvas”.

Su vida fue inseparable de su obra. Y ambas estuvieron signadas por la nostalgia no sólo del ayer sino del mañana. El más bello de los mares-dijo- es aquel que no hemos visto. Fue tenazmente solidario, es decir, sintió en el otoño “la tristeza de la rama que se seca”; en el herrumbroso atardecer “la tristeza del planeta que se extingue”; en la avasallada pradera “la tristeza del animal inválido”. Pero sobre todo y antes que todo y además de todo, sintió “la tristeza del hombre”. Por ello su pueblo lo aclamó en el silencio y en el fragor de su propio combate y cantó sus poemas no sólo para celebrar el amor que se estruja en un lecho, sino para recordar que ese amor es parte de otro que se nutre de la justicia con todos y para todos.

Por todas esas cosas, el poeta turco Nazim Hikmet, comprendió “Que amores de tanta grandeza/ no caben ni siquiera muertos/ en esas casas de muñeca/ que al frente tienen un jardín/ con temblorosas madreselvas”.



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