Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

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El gol, los estadios y la vida

El escritor uruguayo Eduardo Galeano se pregunta en uno de sus libros en qué se parecen Dios y el fútbol, respondiéndose: en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Y cita ejemplos harto ilustrativos: Kipling, el gran poeta inglés, que se refería a los hinchas como” las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los idiotas que lo juegan”. Y el gran Borges, quien programó una conferencia sobre Spinoza, el mismo día y a la misma hora en que Argentina jugaba su primer partido en el mundial de 1978, en Buenos Aires.

Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, escribe Galeano. Gol, el grito que sale del alma y que llena los estadios y las ciudades de una exultación que no se comprende pero que se vive. Ahí están el gol de Farfán contra Nueva Zelanda que provocó hasta una onda sísmica y que volvemos a ver una y otra vez para sentir lo que sentimos en esa noche inolvidable. O el reciente de Flores, de penal, con el que eliminamos a Uruguay de la Copa América.

Y en el contraste, el silencio del estadio sin nadie. Dice Galeano que no hay nada más vacío que un estadio vacío. Y lo compara con un templo, que sin fieles solo acoge la solemnidad pero al mismo tiempo la soledad de Dios. Cuando el estadio se llena, se llena el templo de la única religión que no tiene ateos y que exhibe en sus rituales de euforia y multitud, a sus divinidades y sus ídolos.

Galeano abunda en anécdotas únicas. Por ejemplo, señala que el famoso Real Madrid, símbolo de España y paladín, en su hora, de la dictadura franquista, tenía en su línea de ataque a cinco extranjeros: los argentinos D’Stéfano y Rial, el francés Kopa, el uruguayo Santamaría y el húngaro Puskas. En 1916, en plena primera guerra mundial, Galeano recuerda cómo el capitán inglés Nevil dio la señal de ataque pateando una pelota que sus huestes siguieron hasta aniquilar las trincheras alemanas. Y en medio de la guerra del Chaco, mientras los ejércitos paraguayo y boliviano se “aniquilaban por un pedazo de desierto”, la Cruz Roja formó un equipo que recolectó significativos fondos jugando en canchas y estadios de varios países de la región para curar a los heridos del conflicto. Y algo más, conmovedor: un monumento recuerda en Ucrania a los jugadores del Dinamo de Kiev que en 1942, en el ápice de la segunda gran guerra, cometieron, pese a las amenazas alemanas, la locura de ganarle al equipo teutón y que, por ello, fueron fusilados al término del partido con las camisetas puestas.

En 1950, rememora Galeano una historia increíble: la derrota de Brasil por 2 a 1 ante Uruguay en la final del mundial en el Maracaná. Moacir Barbosa, el arquero brasileño, considerado por la crítica el mejor de todo el campeonato, fue sorprendido adelantado por Ghiggia, el delantero uruguayo que hizo el gol de la victoria y del drama de un pueblo entero que no podía creer lo que ocurría. Nunca le perdonaron ese gol, al extremo de que 43 años después, mientras se disputaban las eliminatorias para el mundial de Estados Unidos de 1994, Barbosa, ya anciano, fue a visitar la concentración del equipo brasileño y no le permitieron entrar. El más notable arquero del mundo en 1950, sumido en la pobreza y el abandono, solo atinó a decir: “En Brasil la pena mayor por un crimen es de 30 años de cárcel. Hace 43 que yo pago por un crimen que no cometí”.





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