Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





El hombre elefante y la trata de personas

Los medios del mundo acaban de informar que los restos de Joseph Carey Merrick, conocido como el Hombre Elefante, fueron encontrados por su apasionada y tenaz biógrafa que llevaba años persiguiendo sus rastros. Estaban, con nombre y apellido, desde el 24 de abril de 1890, en el cementerio de la ciudad de Londres, casualmente muy cercano al Royal Hospital, en el barrio de Whitechapel, en donde vivió sus últimos años. Allí, guardaron su esqueleto para estudios médicos, sepultando- sin que nadie lo notara- lo demás bajo la hierba verde del gran camposanto londinense.

Su vida fue un drama casi medieval de conmiseración y de lástima, pero su muerte lo fue más aún por lo triste y grotesca. Probablemente enfermo de una mutación genética parecida al gigantismo, falleció por la asfixia que le produjo un dislocamiento cervical provocado por el peso de su cráneo sobre la tráquea. El hombre elefante, exhibido como rareza universal en calles y plazas, murió aplastado por su propio peso, como seguramente murió también su corazón, abatido día tras día, por la increíble tenacidad de su desdicha.

Dormía sentado porque sus malformaciones le impedían hacerlo echado. En el Royal Hospital, se puede apreciar hoy junto a su esqueleto, una trabajada butaca que un carpintero le regaló. Sobre ella, están una gorra y una máscara que lo protegían, todo lo que lo podían proteger, de las agresiones y befas de la gente.

Un traficante del dolor ajeno lo secuestró, tal como hoy lo hacen otros con las niñas, las mujeres, los migrantes, los indocumentados, los hombres y las mujeres elefante de nuestros convulsos tiempos. Le puso un nombre y lo exhibió como animal de feria, hasta que se escapó y llegó, como un muerto o como un bulto, a la estación de Liverpool Street en el este de Londres, en 1886. De allí, fue recogido por su benefactor, el dr. Treves y trasladado al Royal Hospital en donde vivió sus últimos años.

Casi al final de su trágica vida, el hombre elefante aprendió a sonreír. En esa, su epopeya, le escribió a la viuda Leila Maturin agradeciéndole por haber sido la primera persona que le sonrió y le dio la mano. Hizo lo propio, varias veces más, con la princesa Alexandra de Gales que lo visitó y que todas las navidades le enviaba una tarjeta de saludo.

Dos millones y medio de personas son actualmente víctimas de trata, tal como lo fue el hombre elefante en las postrimerías del siglo XIX. En el Perú, la mayoría de afectados por este infame delito, son mujeres y menores de edad, obligadas a prostituirse bajo amenaza de muerte y maltratos. Y hombres y mujeres vilmente sometidos a situaciones de explotación, en fábricas, en la ciudad, en el campo, en las minas, en los corredores de la droga…
Me sobrecoge pensar en aquel hombre inocente pero vulnerable que era exhibido como un engendro de la fatalidad en las plazas de Europa. Pero más me sobrecoge saber que no ha muerto, aunque sus restos hayan sido por fin ubicados en el cementerio de Londres. Está vivo aún, despreciado y lastimero, en los rostros de tantos seres humanos desvalidos que esperan que alguien haga algo – en los albores del siglo XXI- para liberarlos de la esclavitud.





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