Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:



El interlocutor de los ángeles

Habló durante trece años continuos con los ángeles en las calles de Londres, pero no estaba loco. Por el contrario, en ese periodo y luego hasta su muerte, mantuvo una vida casi ascética y ejemplar, con una mente lúcida y entregada a los más disímiles afanes intelectuales y artesanales. Increíblemente fue encuadernador, hidrógrafo, fisiólogo, astrónomo, relojero, lingüista, biógrafo, poeta, editor, psicólogo, filósofo, matemático, geólogo, metalurgista, botánico, químico, físico, ingeniero en aeronáutica, dibujante, músico, cristalógrafo, maquinista, carpintero, legista, ingeniero de minas, tesorero, cosmólogo y teólogo. Era un singular creativo pero, al mismo tiempo, un infatigable hacedor, al punto de que él mismo fabricaba sus propias lentes, su telescopio y su microscopio. Hablaba quince idiomas aunque no se tiene certeza de cuál o cuáles de ellos utilizaba para charlar con los ángeles.

Pese a tener un espíritu aventurero y a viajar permanentemente por toda Europa, sus días fueron siempre serenos y reposados. La rebeldía interior era para él un fuego inexhaustible que un carácter tesonero y estoico canalizaba como fe, como disciplina, como decisión inquebrantable para hacer realidad el categórico imperativo de la vida.

¿Cómo era posible que el místico o el teólogo fuera, a la vez, el agrimensor o el artesano? ¿Cómo el hombre que trazó los planos de un avión y de un submarino, pudo también vislumbrar el rastro invisible de la fe? ¿De qué manera, aquel que descubrió la función de las glándulas endocrinas y el cerebelo, que inventó un sistema decimal monetario, que desarrolló una hipótesis sobre la formación nebulosa del sistema solar y de la vía láctea, pudo, además, escribir decenas de libros sobre filosofía, teología y psicología?

Enmanuel Swedenborg fue muchas cosas, demasiadas para la vacua especialización de nuestros tiempos. Pero era un ferviente seguidor de Martín Lutero y allí, si acaso, está la explicación. Porque el indomable y luminoso espíritu de Wittenberg no solo reformó la doctrina cristiana y se rebeló contra la venta de indulgencias, sino que hasta fue el precursor de las actuales vallas publicitarias. En efecto, sus noventa y cinco tesis fueron clavadas por él mismo en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos en un extraordinario y creativo esfuerzo de difusión masiva.

El interlocutor de los ángeles, era –como es lógico- un clarividente y de ello hay testimonios tan singulares como irrefutables. Los espíritus celestes le contaban cosas que él atesoraba en su Diario de Sueños. Kant, el filósofo de la razón pura, lo respetó y mantuvo con él correspondencia variada. El hombre que nunca salió de su ciudad natal y el otro que viajó incansablemente por tantas ciudades, estaban unidos por el edificante afán de pensar y conocer, por esa sed del alma que solo se sacia con el aprendizaje. Sabía qué día iba a morir y se lo dijo a sus habituales acompañantes. Por eso, el domingo 29 de marzo de 1772, la señora Shearsmith y Elizabeth Reynolds, su cuidadora, lo observaron mientras despertaba de un largo sueño. Pidió que le dijeran la hora. Son las cinco de la tarde, le contestaron. Muy bien -dijo Swedenborg- les doy gracias, que Dios las bendiga. Y murió.



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