Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

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El niño que se cayó a un pozo

En el medio de una finca de Totalán, Málaga, España, hay un invisible pero inmenso crespón negro que no solo abarca el predio rural, sino el vasto y contrastado paisaje de Andalucía y el de todo un país, en memoria del niño de dos años que se cayó a un pozo y cuyo cuerpecito fue encontrado sin vida dos semanas después del accidente.

El informe forense señala que el niño falleció el mismo día de la desgracia –13 de enero– y que presentaba “traumatismo craneoencefálico severo” y “politraumatismos compatibles con la caída”. El informe también revela que cayó de pie porque sus bracitos estaban hacia arriba y que los mineros que trabajaron en su rescate accedieron a él bajo sus pies.

Fueron 13 largos días de batalla contra una orografía empecinada, materiales durísimos y las dificultades propias de la maquinaría necesaria para tal fin. Se necesitó abrir una galería para acceder al pozo desde otro auxiliar horadado con gran esfuerzo por las características del terreno. Y se precisó también realizar varias pequeñas detonaciones de explosivos para romper la roca, así como resolver diversos problemas con el entubado de la cavidad vertical por la que descendieron los rescatistas.

El gran poeta alemán Rainer María Rilke dice que la infancia es nuestra verdadera patria. Porque hemos sido niños alguna vez (aunque no todos lo recuerden, como señala Antoine de Saint Exupéry en la dedicatoria de El Principito) y porque el pozo es la metáfora esencial de la incertidumbre y del misterio, esta muerte conmueve tanto. Desde los incontables abismos de las carreteras de penetración en nuestro accidentado país,  hasta los agujeros negros que la astrofísica nos descubre de tiempo en tiempo en nuestro accidentado universo, el pozo, el hoyo, se nos revela siempre sombrío e infinito.

Pese a sus circunstancias de toda índole y a sus problemas en todo ámbito, España se unió en la búsqueda de este niño. Mientras él yacía muerto a cien metros bajo tierra, encima de esa tierra y de un confín a otro de la misma, millones de personas se dolían, hablaban, callaban, oraban y convergían en un solo deseo: hallar con vida al pequeño.

El papá, abrumado por la angustia y por el recuerdo de su otro hijo de tres años fallecido haces dos también en un accidente, repetía: ¡Otra vez no! ¡Otra vez no! Pero la vida no da tregua. Y la muerte tampoco.

Como el niño yuntero del poeta español Miguel Hernández que “cada nuevo día es/más raíz, menos criatura/que escucha bajo sus pies/ la voz de la sepultura”, este niño de Totalán, el pueblito de suaves lomas lleno de viñedos y de almendros, puede ser, pese a todos los 13 de enero de este incomprensible mundo, un símbolo de solidaridad y de esperanza.





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