Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:



El Principito

Antoine de Saint-Exupéry desapareció con su avión en el mar de Marsella un día de septiembre de 1944. El Principito no. Porque la boa que se comió un elefante, o el planeta donde vivía un contador de estrellas, o aquel otro en el que un farolero anunciaba en instantes el día y la noche, jamás desaparecerán. Mientras él descansa en el mar, del sueño de la vida, el Principito sigue revelándose a millones de hombres y mujeres en un pequeño libro que ha sido traducido a más de 250 idiomas y dialectos. Aunque el Principito no es solo un libro; es un ángel caído que sin embargo se sobrepone a las inclemencias del tiempo y de la muerte.

Habla un lenguaje extraño que aprendió en remota edad y que cifra mucho más en gestos que en palabras con las que nombra todo. Su fuerza es su fragilidad y no se amilana ante el inagotable torrente del tedio y la tristeza. Está aquí para celebrar el día pero también la noche. Un paraíso que está muy lejos lo conoce y lo recuerda vestido de luces y guirnaldas en el dorado atardecer, antes del exilio.

Es un cisne que vuela y un ruiseñor que canta. Es la serpiente que no puede ser otra cosa que serpiente. Príncipe de las sombras y de las luces del mediodía que tendrá fin. Emisario del sueño que se compartió una vez en la ubicua fuente y que ahora se puebla de silencios y terrores abiertos como la fruta que languidece pisoteada en el borde del río. Cantor de inabarcables llanuras y de montes altísimos. Corifeo de nadie pero también de todos embarcado en la ruina. Piel de potro, corazón de nutria, manos del alado caballo que se perdió en el cielo y que de pronto cae. Príncipe del nublado (que Baudelaire diría) iluminando las noches del desierto no solo con su luz sino con sus discretas
palabras.

Buenos días dijo la flor. Buenos días dijo él desde la otra orilla del olvido. Viene de oscuros planetas en oscuras comarcas que abarcan los cielos y la tierra y que son su hogar. No tiene prisa porque sabe lo que son la llegada y la partida y no quiere repetirlas una vez más. No sabe si en el sueño o en el páramo se ha hecho amigo de un zorro que habla como él y que tiene un vago recuerdo de algo que se llama amor y que lastima. Se ha propuesto evangelizar a los peregrinos del desierto y aunque apenas encuentra alguno de cuando en cuando, predica su verdad con indeclinable orgullo.

Es tierno con todos pero si tuviera que escoger entre los caídos del cielo y de la tierra, se iría con estos últimos hasta el fin de los siglos. Su apariencia es sencilla pero quién sabe qué complejidades revelará algún día. Dibuja con la mente y piensa con el corazón; cosas que se aprenden al encontrar la inocencia. Su patria es la infancia pero por alguna secreta razón nunca ha querido regresar a ella. Mansa, dichosamente, acepta su destino de paria, perdido en la inmensidad del Sahara y hallado en el niño que existe aún en cada uno de nosotros.



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