Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

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El puente de los perros suicidas

Según una crónica del New York Times, una perrita border collie, caminaba con sus dueños por el puente Overtoun, en Dumbarton, Escocia. De pronto, según lo relataron ellos, “algo” extraño se apoderó de Bonnie  y quedó, primero, perpleja, para después, “poseída por una energía extraña”, saltar por el parapeto.

No era el primer caso. Los lugareños dicen que Bonnie es solo uno de los muchísimos perros que, desde la década de los cincuenta, han saltado desde ese puente, terminando muertos o muy mal heridos por las rocas escarpadas que abundan  en el fondo del barranco. Investigadores escoceses han calculado en más de trescientos los  perros que lo han hecho, mientras que los medios de comunicación duplican esa cifra.

En Escocia, país cargado de tradiciones esotéricas,  la historia de los perros que se lanzan al más allá podría ser una más. Gente de la zona ha especulado mucho, pero la explicación más generalizada en ese sentido, es que el hecho se debe a la presencia de un fantasma- que muchos han visto- a tal punto que  un ciudadano local, Paul Owens, escribió un libro para el gran diario norteamericano, sosteniéndolo. Y ese fantasma sería  el de la Dama Blanca de Overtoun, una mujer que vivió sola y guardó luto durante más de tres décadas por la muerte de  su esposo en 1908. Hace ocho años, un investigador animalista comprobó, tras un experimento, que los perros se sentían inmensamente atraídos por el olor de los mamíferos que se encuentran abajo y que, por ello saltaban. Una explicación, digamos, racional pero, según su propio autor, no exenta de misterio.

La realidad supera a la fantasía, lo sabemos, al igual que los misterios a las certidumbres. ¿Quién no tiene una historia de aparecidos, de fantasmas, de voces de ultratumba. ¿Quién no sabe de casas que crujen en las noches sin ningún motivo? ¿Quién, en las zonas mineras, no ha visto al muqui o duende de las minas?¿Quién, en la Selva del Perú, no ha escuchado historias de montaraces que parten un día a la verde espesura y no regresan jamás? ¿Existe o no el hombre de las nieves del Himalaya? ¿Vive o no la anaconda gigantesca del Amazonas? ¿Cuántas veces ha emergido del lago Ness, en la Escocia de nuestra historia, su monstruo legendario? ¿En qué lugar estará ahora Pie Grande, ese simio gigantesco que habita los bosques del noroeste del Pacífico?

Los perros pueden tener inauditas lealtades como los caballos,  pero las cuevas que los castores construyen en el agua son las mismas hace miles de años. Como señala Ortega, todo es instinto en ellos; la vida les viene dada y no tienen nada que hacer más que vivirla de acuerdo a esos instintos. El hombre o la mujer no. Tienen que hacer algo con ella, algo que decidan hacer aquí y ahora y eso es la vida, su propia vida, según la espléndida tesis orteguiana. Por ello “beben sin sed y aman sin tiempo”.

El puente de los perros suicidas existe, pero los perros que se matan no. Mueren después de agotar sus vidas en los fuegos y heladas de su instinto, aunque algunos- que son muchos- dejan una casita vacía en un hogar o en un jardín detrás de una facultad en una ciudad universitaria, con una sensación casi, casi humana.





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