Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:



El Quijote y Sancho Panza

Un hombre está loco y siente la tentación de lo imposible. Otro hombre está cuerdo y acepta con mansedumbre su destino. A su modo, cada uno es un héroe y representa un cariz de la misteriosa condición humana. Uno sueña, el otro vive, pero ambos se encuentran en esa estrecha zona en la que estas realidades se cruzan o se niegan.

El azar los acecha, pero cada cual interpreta ese cerco a su manera. Para uno es un muro que sólo pueden franquear los sueños y las vastas palabras. Para el otro es la frontera frágil pero inviolable. Ambos están aquí por un designio de la fatalidad o porque no hay lugar para ellos en ninguna parte, pero actúan como si fueran necesarios, providenciales, acaso divinos. Los dos se necesitan sin decírselo.

De forma sutil, cada uno va asimilando paulatinamente los motivos del otro, de tal suerte que al cabo de los días y las andanzas, no sólo se deben más de lo que imaginan, sino que han logrado intercambiar por momentos el cristal con el que miran las cosas, los seres, el crepúsculo.

Uno ve lo que sueña y el otro lo que vive, aunque ambas miradas pueden alcanzar una profundidad insondable y ser parte de la historia, “esa otra mirada que dura”. No tienen prisa pero una urgencia inexplicable los empuja a resolver los siglos en años, los años en días, los días en deflagraciones de un instante.

Cabalgan con denuedo por una meseta que es castellana pero cuyos límites están fuera del cielo y de la tierra. No condescienden al miedo pero en la temeridad del uno y la
indolencia del otro, hay, sin duda, un gesto ancestral que los hace víctimas y cómplices. Ignoran que su reino (en el que nunca se pone el Sol) se eclipsará con los siglos y que ellos, caminantes ahora anónimos de una llanura, serán dentro de algún tiempo ciudadanos preclaros del Universo. Y que su gesta (que es también una vida) será contada en un libro que los sobrevivirá, pese a que a ninguno de los dos le interesa permanecer más allá de la muerte.

Uno se afana porque el otro se siente siempre a la cabecera de la mesa. El otro le dice que donde él se sienta está la cabecera. Uno se asusta por el ladrido de los perros. El otro le increpa: ladran, es señal de que avanzamos. Uno pelea con los extraños de cualquier taberna. El otro lo hace con los molinos de viento y con los fantasmas de su hidalga vida. Uno se volvió cuerdo de no leer nada y vivir mucho. El otro se volvió loco de tanto leer novelas de caballería y de amar a su Dulcinea del Toboso.

Cuerdos o locos, saben que al margen de lo que son o de lo que sueñan ser, serán el uno para el otro ahora y siempre y que sus rastros desaparecerán, junto con su sepulcro, un poco después de que se ponga el sol, en su último día. Pero al cabo de los años y las generaciones, no habrá un hispanohablante que no los haya recogido para rastrear los suyos y descubrir su propia tentación de lo imposible, su fértil aquiescencia del destino.



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