Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Había vivido poco, se había cansado mucho…

Nadie me va a conocer, dijo unas semanas antes de morir. Es seguro que nadie lo haya hecho, así como que nadie, tampoco, haya sido capaz de entenderlo cuando lo demandaba casi a gritos en sus canciones y en sus coloquios con la nada. Como en el verso de Chocano, Malcolm James McCormick, artista estadounidense conocido como Mac Miller, había vivido poco pero se había cansado mucho. Abatido por las drogas y la depresión no encontró allí lo que buscaba desde los 14 años y le imploró al “maldito cielo” de su canción “So it Goes” que le mostrara el camino, sin saber –o tal vez sabiéndolo y queriéndolo– que este terminaría con él tirado en el piso de su casa en San Fernando Valley, California, consumido por una sobredosis.

Ser rapero es ser contestatario. La urbe pregunta y el cantante responde. Sus respuestas son largas, monocordes. Ácidas y dolientes hay en ellas un eco de Walt Whitman  y el desgarro y la insolente ternura de los poetas norteamericanos de la Beat Generation. Una mujer, también cantante y célebre como él, Ariana Grande, fue su compañera durante dos años y al parecer mitigó  su soledad  y le ayudó a sobrellevar sus desvaríos. Pero como ella misma dijera: “no soy niñera ni madre y ninguna mujer debería sentir en una relación la necesidad de serlo”. Ella, sin duda, era su balance y tras la separación, Mac no tuvo más remedio que escapar, como cuando se dio a la fuga tras chocar su camioneta contra un poste de alumbrado eléctrico en Los Ángeles.

Tenía, evidentemente, un gran talento y la íntima convicción de que, como lo dijo Nietzsche, sin la música la vida es un error. Trabajó en fusionar el hip hop con instrumentación de jazz y en ese empeño tuvo logros notables que le valieron honrosísimas menciones en medios de prestigio como Rolling Stone y Pitchfork.

En “Self Care”, su último lanzamiento en YouTube, dijo que tenía “todo el tiempo del mundo para relajarse” y se refirió al olvido: “El olvido, oh sí, el olvido”, clamó (pese a que su desvaída memoria lo abrumaba con los recuerdos) como en una letanía o en un coro de los cantos gregorianos o en un lamento de los blues. Tenía 26 años y quería olvidar. Y como no lo logró con el rap ni con las drogas, ensayó con el sueño del que nadie, hasta ahora, se ha podido despertar.





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