Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:



Isadora Duncan: la sirena estrangulada

La vida fue para ella una danza frenética y hermosa. Hubiera querido, como Afrodita, nacer de la espuma del mar, pero su destino nada tuvo que ver con los dioses, de los que tomó, sin embargo, su coreografía para recrear el arte griego que se caracterizó por la representación naturalista de la figura humana no sólo en el aspecto formal, sino también en la manera de expresar el movimiento y las emociones. Abocada a redescubrir ese vértigo, rindió pleitesía al cuerpo y por él se inmoló. Cualquiera de sus danzas puede considerarse como la inicial del ballet moderno.

Nació en San Francisco. Su padre la abandonó cuando era una niña, como consecuencia de una crisis emocional y económica que lo llevó, incluso, a la cárcel. La ausencia sería, desde entonces, uno de los signos de su azarosa vida. Como a ella la abandonaron, ella también abandonó. Primero la escuela a la edad de diez años; luego la formalidad y los convencionalismos y, finalmente, la sensatez y la cordura. Mientras su madre daba lecciones de piano para sostener a la familia, ella se dedicaba a bailar. Solitaria y retraída, le gustaba jugar en la playa y observar el mar. En 1,900 llega a Londres y posteriormente a Paris.

Isadora Duncan quería decir con el cuerpo lo que no podía con el alma. Su búsqueda la lleva al Louvre, a la National Gallery, al museo Rodin. Sus motivos eran clásicos pero sus personajes no. En lugar de los héroes y de los duendes, aparece como único protagonista el ser humano y su dilema cotidiano: el dolor, la muerte, la caducidad abrasadora de la vida. Había nacido la danza moderna. Del escenario desaparecieron los ampulosos decorados y en su lugar quedó sólo ella con el pelo suelto, su larga túnica y sus pies descalzos.

Solía embriagarse en las tabernas más oscuras de Londres o en las tascas de la costa mediterránea y recordar cómo perdió a sus hijos Deirdre y Patrick, que se ahogaron en un accidente automovilístico en el río Sena en París, en 1913. Las máquinas han sido mis enemigos, mataron a mis tres hijos, gritaba ebria. Y realmente así fue, porque a Deirdre y Patrick, debemos añadir el nonato que falleció en su vientre porque un desperfecto mecánico impidió al auto de su médico atravesar el bosque de Boulogne y atender el parto. Tal vez un día una máquina me mate, decía al rematar todas sus borracheras.

Y una máquina efectivamente la mató, la noche del 14 de septiembre de 1927 a la edad de 50 años. El suceso sigue envuelto en el misterio, pero lo cierto es que, según el obituario publicado al día siguiente en el “New York Times” la larga estola de seda que ceñía su cuello, empezó a enrollarse alrededor de la rueda trasera del automóvil descapotado en el que viajaba con su ocasional y joven acompañante a toda velocidad, arrastrándola con una fuerza enorme, lo que provocó que saliese despedida por un costado del vehículo, muriendo en el acto.

Al subir al auto esa fatídica vez gritó a los cuatro vientos: “Je vais à l’amour” (“Me voy al amor”) pero se fue a la muerte. La sirena que caminaba de puntillas sobre la espuma del mar, terminó varada en la orilla de la playa.



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