“Kukín” Flores: cuando la vida nos golea

“Kukín” Flores: cuando la vida nos golea
  • Fecha Miércoles 19 de Febrero del 2020
  • Fecha 1:50 am

Hace un año, Carlos Antonio Flores Murillo, “Kukín”, el hijo pródigo del Callao y del fútbol, se hartó de comer las bellotas de la droga y del infortunio y, a diferencia de aquel de la parábola del evangelio según San Lucas, no regresó a casa sino que cayó, paranoico, fulminado por un ataque al corazón. Tenía 44 años y había dribleado una serie de carencias y desdichas hasta llegar al arco contrario en donde, esta vez, no lo esperaba un portero sino el árbitro de la muerte con el pitazo final.

En su multitudinaria despedida en el estadio chalaco, los hinchas del Sport Boys coreaban su nombre como si fuera un gol: Kukín, Kukín, Kukín, mientras el ataúd daba la vuelta olímpica y su camiseta con el número 10 flameaba por los aires. El bullicio de los triunfos que se empina sobre el silencio imponente de las derrotas. Y Kukín había tenido muchas.

De los barracones del Callao hasta el discreto departamento de San Miguel hay un reguero de tiempos, calles, pistas, clubes, estadios y países en los que él, Kukín, el que a falta de padres se convirtió en el hijo del Sport Boys, corrió con la pelota en los pies tratando de ser alguien en las canchas, ya que la adversidad y la pobreza no le habían permitido ser alguien en la vida.
Fue abandonado a su suerte por sus padres, que hicieron lo mismo con sus otros once hermanos. Con la hermana mayor al frente del hogar, vivieron en zonas populosas y en asentamientos humanos. Desde niño tuvo que trabajar en lo que fuera para, literalmente, ganarse el pan de cada día.

Pero la magia de la pelota era la suya. Clubes nacionales como Cantolao, su amado Boys, Universitario, CNI de Iquitos, y de otros países como Argentina, Arabia Saudita, Grecia, Brasil y Colombia lo conocieron en su esplendor y en su caída. Odiaba la disciplina, la misma que le había impuesto tantas cosas en su estrechísima niñez. No duraba en los colegios, sólo sabía cumplir las reglas de la calle.
Adicto a la cocaína, se cayó del quinto piso de su departamento y milagrosamente se salvó, quedando con una cojera que no pudo o no quiso atenuar con la fisioterapia. Pasaba como un fantasma temporadas en clínicas de rehabilitación, pero nunca completó ningún tratamiento contra las drogas. Solía desaparecer sin dejar rastro y, con el mismo sigilo, volver a aparecer abrumado por los delirios y las paranoias. Con frecuencia veía alucinaciones. Las últimas de su azarosa vida, las confrontó al amanecer del 17 de febrero del 2019 en la sala de su casa. Había regresado de una noche de drogas y alcohol y sintió que lo perseguían sus demonios.

El estadio se encontraba vacío y en las graderías sólo se acurrucaban los fantasmas. Un equipo de lagartos y dragones, como los que lo atormentaban en sus sueños, le adelantó en el marcador, pero él empató en un arranque de un orgullo que le salió del alma. Entonces vino la tanda de penales pero él ya no podía más y los monstruos de las alucinaciones y los delirios metieron un gol, y otro gol y otro gol, porque a veces y en casos como los de Kukín, la vida nos golea.



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