Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

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La calle de los velatorios

Nunca he tenido más claro, ahora al escribir estas líneas, que el silencio y la solidaridad valen infinitamente más que las palabras. Una fuga de gas tras el descalabro de un camión cisterna en una avenida de Villa El Salvador, ha dejado hasta hoy catorce fallecidos y medio centenar de heridos. Esa ola de fuego que convierte, de la mañana a la noche, una calle en la calle de los velatorios en uno de los más grandes y poblados distritos de Lima, puede ser una metáfora de la inseguridad y la informalidad de las grandes urbes de la increíble América Latina, pero no.

No. En el amanecer del miércoles 22 de enero del 2020, la cuadra cuatro de Mariano Pastor Sevilla, un héroe casi anónimo de la batalla de San Juan de Miraflores en la defensa de Lima en la guerra del 79, es una lacerante realidad: tiene carpas y en ellas ataúdes, mayormente de niños, mientras se siente un aire de tristeza y desolación que, pese al agobiante calor, cala los huesos.

Ver la ola de fuego en los canales de televisión me hizo recordar escenas de la guerra de Vietnam y, en especial, la de la niña de nueve años Phan Thi Kim Phúc desnuda huyendo de los lanzamientos del napalm en las aldeas de Da Nang. En su caso, la ola de juego no la alcanzó, como sí alcanzó a miles, y como la ola de gas ardiendo de Mariano Sevilla, lo hizo con más o menos un ciento de personas, niños, niñas, tías, madres y abuelas de la zona.

La noche de la calle de los damnificados sin casa que deben poner en sus veredas las capillas ardientes de sus muertos, es lóbrega y larga. Cuando, como nunca el cielo color panza de burro de Lima, cambia por el azul claro del alba matutina, una fuga de gas y un reguero de fuego, convierten ese azul en el color intenso de la muerte.

La ciudad de los contrastes se despierta. La ciudad de las indolencias, de las depresiones, del insoportable tráfico empieza una jornada. Todo es extraño aquí y lo será también esta mañana, cuando miles de personas se acercan voluntariamente a los hospitales para donar sangre, para expresar su doliente solidaridad con el brazo extendido. Somos expresión de informalidad pero también ejemplo de esperanza y de movilización social.

Un pequeño acaba de morir en el hospital y la tía que vivía con él se acerca a donde mi hija que está en una de las carpas del Ministerio de Educación y le suplica: señorita, necesitamos un psicólogo para que se lo cuente a su hermanito de 12 años. Mi hija hace la coordinación respectiva con la vecina carpa de otro ministerio e inmediatamente ponen manos a la obra. Lo que verán y dirán pasa al acervo más importante de sus vidas: cómo consolar, cómo enfrentar el dolor ajeno y propio, como lidiar con el sufrimiento y la fatalidad, cómo procesar adversidades incomprensibles. Creo que entendió me cuenta después. Tal vez ahora no, quizás más adelante, le digo. Pero estuviste a su lado, le reitero mientras, a lo lejos, la calle de los velatorios se ilumina con lámparas y rezos.

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