Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

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La carta que no llegó

Una carta despachada en Eisenach, Turingia, a la ciudad de Ostheim von der Rhoen, en Baviera Sur un día como hoy, 26 de septiembre, pero de 1718, acaba de llegar a su destino. Trescientos años perdida (¿guardada?) en los meandros de una ruta que se volvió inasible. Si el destino es una trama de causas y de efectos que se deben inexorablemente cumplir, ¿qué no se cumplió aquí para hacer realidad ese destino?

La carta que no llegó no debía llegar y así tantas cosas, de tal manera que es sabio decir que “todo poema con el tiempo es una elegía”: la vigilia que no concluye con el hallazgo, porque al final de todo entendemos que vivir es también esperar y que las cartas que no llegan constituyen de algún modo secreto una confirmación de esa certeza.

Según la teoría física del caos, el aleteo de una mariposa puede provocar un tifón en el otro lado del mundo. El parque de los recuerdos se puede visitar pero no modificar. Lo que ha sido hecho, hecho está. La trama es de hierro y es infinita y como ha dicho alguien que la estudió con acuciosidad y sabiduría, nadie merece el milagro que se rompa por él o para él.

El efecto mariposa no existe en el planeta que vivimos. Vamos para adelante y en ningún caso, ni siquiera cuando recordamos, viajamos hacia atrás. Al mito del eterno retorno, oponemos la realidad del eterno presente. Recordar no es, por cierto, volver a vivir, sino volver a soñar ya que sólo eso podemos intentar una vez que pasa la maravillosa pero irrepetible incandescencia del instante. Uno puede escribir una carta y señalar un destinatario pero nada más. El azar (una parte de esa trama infinita) se encarga del resto.

Las cartas llegan siempre a destino cuando alguien se hace su destinatario, dice Jacques-Alain Miller y dice lo mismo. Sólo hay una manera de penetrar esa trama: colocarse en el  extremo de cualquiera de sus hilos y tirar de él con fuerza, con pasión, con reiterada esperanza. No importa quien escribió el mensaje ni tampoco importa la voz. Lo que cuenta son las palabras que contiene y el hecho de que recibamos esas cartas convirtiéndonos en su destinatario.

El efecto mariposa puede existir si ignorando qué pasó o quién pasó, aceptamos el pasado (y por lo mismo el futuro) y tiramos del hilván, acaso invisible, acaso inexistente, y provocamos el milagro: un suspiro de amor que hace estallar una vasta tempestad en el otro lado del mundo.

 





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