Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





La madre y el hijo

* A tu memoria, Luchi de mi vida.

 Wei Mingying es una mamá como cualquier otra. Pero su rutina-  en la provincia china de Shandong  en donde su hijo Wang Shubao quedó en coma tras un accidente- es única desde hace 12 largos años. Se levanta todos los días a las 5 de la mañana y lo baña y asea meticulosamente como a un bebé pese a que ya es todo un hombre.  Luego le da el desayuno, el almuerzo, la cena y entre horas le hace masajes y lo cambia constantemente de posición para que no le aparezcan escaras en el cuerpo.  Como en la película de Almodovar, Hable con Ella, Wei habla con su hijo con la seguridad de que a pesar de su estado lo está escuchando. De día y de noche en que lo acompaña sin tregua y casi sin descanso.

“Nunca voy a renunciar a él” dice,  mientras las cuentas se acumulan y los ahorros se consumen.  Su esposo, que  era su única familia junto con su hijo, falleció años antes del accidente. Ha pasado toda clase de penurias y estrecheces al punto de que estuvo prácticamente un mes entero casi sin comer, llegando a pesar algo más de 30 kilos.

Madre abrigo, madre alimento, madre arrullo, son asociaciones naturales pero además evidencia de un vínculo que es más fuerte que todo lo creado. Un reporte de la primera gran guerra señalaba que la última palabra que el noventa por ciento de los heridos en combate pronunció antes de morir fue: mamá. En los hospitales psiquiátricos, en el pabellón de los psicóticos crónicos, se suele ver a los enfermos durmiendo en posición fetal, añorando el lugar en el que eran tan felices.

“Madre, tu nombre viene lento como las músicas humildes” escribió Carlos Oquendo de Amat en sus célebres Cinco Metros de Poemas.  Y agregó: “Porque ante ti callan las rosas y la canción”. Y también el dolor, la adversidad, el inclemente futuro…y, a veces, los estados de coma, los monitores cardíacos…

Hace un mes Wei se dio cuenta de que su hijo sonreía. No sabía si era una sonrisa real o una que su imaginación le traía desde su primera infancia. Ella le siguió hablando como siempre lo hizo durante estos largos años absorta de todo pero segura de algo: nunca lo dejaría aunque ello significara esperar contra toda esperanza.

La semana pasada,   Wang Shubao, ahora de 48 años, regresó del coma y despertó. Todos coinciden en que es inexplicable. No lo pudo la ciencia pero mamá sí.  Lo primero que Wang vio fueron las lágrimas de su madre. Ella le sigue hablando y aunque él no puede contestarle todavía, la mira y sigue atentamente sus movimientos.  ¿Qué le querrá decir? ¿Qué le querrá contar? Acostumbrada a la vigilia de una vida, la señora Wei Mingying sólo quiere una cosa: “Espero que algún día pueda volver a llamarme mamá”.





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