Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





La maratón de una mujer

Todos nos hemos emocionado el pasado sábado cuando nuestra atleta Gladys Tejeda, estaba, sola y adelante, en el último tramo de la maratón femenina de los juegos panamericanos Lima 2019. Unos minutos más tarde, el fondista huancaíno Christian Pacheco hacía lo propio en la maratón masculina. Dos medallas de oro, dos gestas personales, dos ejemplos para todos, especialmente para niños y jóvenes.

La maratón hunde sus raíces en la historia y la leyenda. Sea como fuere, es fruto del impulso profundamente humano de comunicar y compartir que hemos tenido como especie desde siempre. Una noticia debe ser llevada de aquí a allá y como no se dispone de nada que no sean la voz y las piernas, un hombre corre con la buena o mala nueva para gritarla a sus semejantes. En todas las culturas hay muestras míticas o históricas de esta clásica peripecia humana. En la nuestra, son los chasquis, recorriendo los Andes, las quebradas y los desiertos. Gladys Tejeda y Christian Pacheco simbolizaron, este aleccionador sábado 27 de julio, a esas figuras ancestrales que gracias a todos los dioses y los apus todavía nos siguen inspirando.

Pero este 27 uno de los chasquis era una mujer. Y ello nos remonta al año 1967, en el que la estadounidense Kathrine Switzer corrió la célebre maratón de Boston, prohibida en ese entonces para las mujeres. Inscrita con sus iniciales y camuflada con chompa y capucha por el frío reinante, burló la prohibición y empezó la carrera. A unos kilómetros, un comisario de la misma la descubrió e ingresó a la pista para echarla. Forcejeó con ella pero sus compañeros de ruta la defendieron y echaron, ellos sí y para siempre, al intruso de la calle de Boston. Un año antes, Roberta Gibss había logrado también correr pero sin dorsal, como sí lo hizo Kathrine, con ese mundialmente célebre número 261 que los periodistas y fotógrafos registraron para la posteridad desde el bus de la prensa que felizmente estaba cerca.

Kathrine completó la carrera. Sabía que tenía que hacerlo para echar por tierra la discriminación y la ignorancia que creía, en ese entonces, que una mujer no podía competir en tales pruebas. Ese dorsal, ese número, 261 fue un desafió a la desigualdad que hizo posible que en 1984 la maratón femenina fuera reconocida como disciplina olímpica y que ahora, casi la mitad de los participantes de la maratón de Boston, sean mujeres.

La mujer ha corrido contra la historia. Aún lo sigue haciendo, pese a los avances en la igualdad de oportunidades y de desafíos. Esa larga y cruenta carrera, le ha costado demasiadas lágrimas y súplicas. Pero ya no más y lo importante es que lo digan ellas y los hombres al unísono, entendiendo su ubicuo lugar y su aporte a la historia de la patria, del continente, del universo.

Ya no es necesario correr con un pergamino en la mano o un pregón en la boca para llevar una noticia. Ahora llega al instante. Los hombres y las mujeres que corren en una maratón lo hacen para practicar un deporte que como todos, es sinónimo de disciplina, entereza y salud. Pero también para seguir escenificando la vida, sus propias vidas, que son maratones de largo aliento en las que lo más importante es competir contra el propio destino, contra los escollos y las vallas, contra el infortunio, contra la esperanza. Como Kathrine y Roberta. Como Gladys y Christian.





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