La matanza de Sagamihara

La matanza de Sagamihara
  • Fecha Miércoles 25 de Marzo del 2020
  • Fecha 2:30 am

Un inmenso estupor es lo que ha causado la condena a muerte del autor del asesinato de 19 discapacitados mentales en un hospicio del Japón, la mayor matanza cometida en ese país desde 1945. No solo por la crueldad y la violencia del crimen sino por las motivaciones que alegó el múltiple homicida.

Satoshi Uematsu, de 30 años, insistió en el juicio en que la felicidad de sus víctimas fue su motivación. Uematsu irrumpió en la madrugada del 26 de julio de 2016 en una residencia de discapacitados psíquicos y tras inmovilizar al personal de guardia apuñaló a sus residentes mientras dormían. El ataque duró 50 minutos y acabó con la vida de 19 internos con edades comprendidas entre los 19 y 70 años, e hirió a otros 24, del total de 149 discapacitados que residían entonces en el centro.

En la sentencia, el juez del Tribunal de Yokohama, Kiyoshi Aonuma, señaló que aunque puede “entender el sentimiento” que propició el ataque, “la enorme crueldad” del delito y sus “graves consecuencias” eran pasibles de la mayor de las penas para el convicto asesino.

“Su forma de pensar sobre los discapacitados múltiples se basa en su experiencia laboral en el mismo establecimiento en donde sucedieron los hechos tres años antes. No podemos decir que sea un pensamiento patológico”, declaró el juez al referirse a la responsabilidad penal del acusado, cuyas capacidades mentales fueron puestas en duda por su defensa durante el proceso. Polémicas declaraciones del juez que señaló “entender el sentimiento” del asesino.

No sé si conmueve pero, en todo caso, anonada saber que meses antes del crimen, Uematsu envió una carta que obra en poder de la policía japonesa, en la que detallaba su plan y decía que su objetivo era “lograr un mundo en el que las personas con discapacidades múltiples puedan recibir la eutanasia”, ante una vida “extremadamente difícil”.

La lápida de la abyección y de la muerte cubrirá dentro de poco la tumba de Uematsu, al igual que las brumas y las desconcertantes preguntas. ¿Es un asesino despiadado?¿Es un loco?¿Es una mezcla letal e inexplicable de ambos?¿Es alguien que en su retorcida misericordia decide acabar con la irracionalidad del sufrimiento físico y psíquico de quienes en el fondo le inspiran piedad? Porque tener como objetivo la eutanasia -legal en varios países- ante una vida “extremadamente difícil” puede ser un argumento de tipo legal pero no un móvil para el crimen.

Ahora que tenemos en el país los hogares protegidos para los llamados locos de la calle, no hay duda de que vidas miserables pueden convertirse en llevaderas. Pero hasta dónde es posible eso. Hasta dónde los designios de la fatalidad son soportables. Quién tiene, si alguien tiene, la facultad de suprimir la vida, cualquier vida, bajo el motivo que sea. Feliz o desgraciada hay que agotarla hasta las heces, aunque saber de esas heces es a veces como morir. Demasiadas preguntas para muy pocas respuestas. No las tengo para escribir. La cuerda de la que colgará muy pronto Satoshi Uematsu en la prisión de Yokohama, un día que no será revelado, me ata las manos.



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