Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





La rosa de Rilke

Quiso ser “el sueño de nadie bajo tantos párpados”.Y lo fue; lo es, acaso para siempre sobre la dura hierba del cementerio de Raron  en la apacible Suiza. Algo le hizo la rosa del Edén, la de Milton, la del jardín del castillo de  Muzot que cuidó con veneración hasta su muerte, para que la quisiera recordar sobre su tumba. “Oh rosa, contradicción pura, placer” escribió luego de que su silenciosa enfermedad se agravara repentinamente por causa de un pinchazo de la espina que lo buscó hasta encontrarlo al otro lado de su inexistente paraíso. Coronado de sangres y de luces y en su gólgota del sanatorio de Val-Mont tuvo el valor (y la fe) para decir su única palabra: “cantar es existir” y para preguntarse trémulo y cercano: “Fácil es para Dios, pero para nosotros ¿cuándo somos?”

No lo fue en la desdichada infancia- él que diría después que la infancia es la verdadera patria de la gente- pese a que su nombre significara literalmente: renacido. No lo fue por la sombra de su hermana, muerta casi al nacer y en cuyo fúnebre recuerdo su madre lo obligó a vestirse como niña hasta los cinco años.

¿Cuándo somos? Tal vez en Munich o Berlín devorando los libros y la noche. Tal vez en Rusia al lado de Tolstoi descubriendo las soledades de la estepa. ¿Cuándo somos si no somos en el amor? Tal vez entre los brazos y las piernas  de Lou Salomé con la que arriesgó una interpretación de su destino. Tal vez en el vientre y en el regazo de Clara Westhaff que lo comprendió más que ninguna porque intuyó que Malte Laurids Brigge era él y que sus Cuadernos eran, en realidad, las confesiones de un hombre poseído por el tiempo. Tal vez  con Paula Becker con la que pintó un amanecer cualquiera pero irrepetible de Estrasburgo. Tal vez con nada ni con nadie.

Su sangre estaba enferma pero su alma no. Los locos, las horas y las imágenes no sólo le dieron título a tres de sus libros, sino una visión estética del mundo que él trasladó al poema, al verso, al fonema, a la palabra, al espacio infinito.

La vida lo embrujó pero la rosa le prestó su magia. La misma que Paracelso añoraba tanto en la soledad de su atanor, que la hacía resurgir todos los días de las cenizas. La rosa que una mujer puso en las manos de Mallarmé y que él apretó hasta sangrar. Aquella que Gerard de Nerval soñó y ante la imposibilidad de traerla hasta su propio amanecer, se quitó la vida. Esa flor de flores que Guillaume de Lorris y Jean de Meun, de cuya existencia nada se sabe, vieron florecer en el pecho de una mujer y hacia 1237 escribieron el Roman de la Rose, un poema de veintidós mil versos que es, hasta hoy, uno de los cantos preferidos de Francia.

Rosa del valle de Sharon en el que Salomón amó a la sulamita. Rosa de las mil y una noches, de las mil y una vidas. Rosa de sangre con la que se marchó para siempre del sanatorio de Val-Mont, uno de los primeros días del año 1927.

 





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