Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Las cartas y las horas

  • Fecha Miércoles 14 de Agosto del 2019
  • Fecha 1:40 am

Ya casi nadie escribe cartas. Se han difuminado en el espacio y en el tiempo. En su lugar ahora bullen las aplicaciones de mensajería, los emails, el twitter, los videos, las imágenes, las frases escritas en un muro inexistente e invisible. Ya no hay lugar para la espera pues todo es instantáneo. Una prisa sin término domina todo pero nadie sabe a qué o a quién conduce.

El cartero va acostumbrándose a ser el mensajero de otros tiempos, de otros mundos. En su maleta ya no hay textos vivos y con alma; sólo facturas, estados de cuenta, recibos, notificaciones, avisos, que pronto también dejarán de enviarse porque todo viajará en la nube que se parece tanto a un agujero negro del que nada puede escapar, ni siquiera la luz, ni siquiera las palabras consuelo o compañía.

¿Será, tal vez, por eso que un cartero de Holanda del grupo postal Sand, cavó en un bosque de Laren, en el centro del país, un pozo y enterró allí, la pasada semana, miles de cartas que no quiso entregar? La empresa informó, luego del hallazgo, que la mayoría de la correspondencia eran facturas, revistas y cartillas de publicidad y que las que se hallen en buen estado serán enviadas a sus destinatarios y las que no, serán destruidas de común acuerdo con sus remitentes. Una carta lleva noticias pero sobre todo presencia.

En ella está el remitente con su impronta, su júbilo, su dejo de tristeza. Y eso es lo que las hace en muchos momentos, necesarias, casi imprescindibles. Ahora ya no hay cartas que se demoran en llegar, solo mensajes cortos, abreviados, que arriban al instante. Detrás de ellos, seguro que hay un nombre, un ícono, una foto que recuerdan el epígrafe de Balzac en La Comedia Humana: no rostros, sino máscaras. Ya casi nadie escribe cartas. El texto como un reflejo de nosotros está por desaparecer y el papel y la tinta arden en la hoguera. Alguien necesita la misericordia de un texto compasivo que no tendrá.

Alguien más precisa un párrafo que le recuerde otro párrafo que le recuerde una voz, un nombre, una presencia. ¿Cómo hubiera escrito Ana Frank sobre sus tragedias y sus sueños? ¿Cómo, sin esas cartas a Kitty, su muñeca, en donde nada le pedía o le contaba pero en donde estaba ella como en ninguna otra cosa o parte de su mundo? ¿Cómo hubiera hecho Van Gogh para sobrevivir todos los días que pudo a sus delirios, sin esas cartas que escribía y recibía de su amado hermano Theo?

¿Cómo se serenó y abrigó Grace Norton, si no con esa carta tras la muerte de su padre que le escribió Henry James y en la que después de decirle que no sabía qué decirle, le dejó un largo texto tan personal, humano y bello que consiguió su propósito de consolarla? ¿Cómo Leonard pudo saber lo que le pasaba en verdad a Virginia Woolf, sino por esa carta que ella le escribió antes de matarse y en la que le decía en el entresijo de sus palabras y sus letras: ya no soporto más? Tal vez por esa carta o por todas las que quiso escribir sin conseguirlo, Virginia Woolf, precursora de los derechos de la mujer y a quien Nicole Kidman dio vida magistralmente en Las Horas, dijo que el género epistolar era el arte más humano “porque hundía sus raíces en el amor”.





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