Columnista - Jorge Alania Vera

Locos de atar

Jorge Alania Vera

13 mar. 2019 02:10 am
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¿Qué será estar loco en un mundo de increíbles contrastes y misterios? ¿Hasta dónde puede llegar la lucidez, si es precisamente con ella que advertimos la diaria sinrazón de la cordura? Si la vida- como señala Ortega- es un naufragio, ¿Por qué no puede ser una locura? ¿Qué será finalmente entrar en razón si-como dice Pascal- el corazón tiene razones que la razón ignora? La música de Schumann está allí pletórica y vibrante, como los cuadros de Van Gogh o los poemas de Verlaine. Pero, ¿Dónde estuvieron ellos a la hora señalada?

Schuman- el de la Sinfonía N°4 en Re menor, opus 120- que vaga por los laberintos de su casa gritando: Yo soy el que soy. Van Gogh, que pinta los girasoles más intensos de la historia, mientras por la ventana mira las calles de su barrio en donde todos lo conocen simplemente como el loco del pelo rojo. Verlaine, que responde el saludo del joven Ruben Darió y le dice con un dedo apuntándose al lado izquierdo del pecho: ¿la gloria?…mierda en el corazón.

Alguien le dijo a un dios que una palabra suya bastará para sanarlo. Y alguien más le pidió que se acordara de él cuando estuviera en su reino. Palabras que curan, inasibles reinos que se añoran: ¿En qué lugar cae el maná y en cuál la lluvia? ¿Cómo saber cuánta luz hace falta para ver en la oscuridad y cuánta oscuridad ha cubierto las cotidianas luces de la vida? Si le hablas a Dios, estás rezando; si Dios te habla, estás esquizofrénico, les ha dicho un célebre psiquiatra a sus discípulos.

Locos que escuchan voces: José, manso y humilde, ejecutando las órdenes de un sueño; María, haciendo suya una voluntad que no comprende; Juan, el Bautista, sentado en las orillas del Jordán y hablando solo. Pablo, tumbado en su caballo sobre el camino de Damasco. Locos de atar, pero interlocutores de los cielos. Y Ginsberg, recitando en el pavimento del Greenwich Village: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura…”. Y García Márquez, refiriéndose a su heroína de Cien Años de Soledad con estas bellísimas palabras: “Había perdido la fuerza de sus muslos, la dureza de sus senos, el hábito de la ternura, pero conservaba intacta la locura del corazón.”

Dice Baruch Spinoza – filósofo holandés considerado como uno de los más grandes filósofos de la modernidad- que la avaricia y la ambición son formas de locura, pero nadie las considera enfermedades. Al contrario, una es consecuencia de acumular dinero, el bien mayor en todas las sociedades. Y la otra es un rasgo exigido, estimulado y recompensado. Erich Fromm- el padre del psicoanálisis humanista- preguntaba (¡no ahora sino hace décadas!): si por algunas semanas dejaran de funcionar los cines, la radio, la televisión, los eventos deportivos, ¿Qué neurosis saldrían? ¿Cuántos aparentemente cuerdos no tendrían qué hacer ni a donde ir y sucumbirían sin esas válvulas de escape?

Locos de atar, la lista interminable. ..

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