Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





“Love, love me do.”

Sabía en su sangre, como Nietzsche en su mente, que sin la música la vida es un error. La prematura ausencia de sus padres le ocasionó un vacío que hizo más evidente (y más temprana) esa certeza. Su historia (que es parte viva de la trama y de la música de un siglo alucinante) comenzó, en rigor, en 1960 en el distrito rojo de Hamburgo, en Alemania, y concluyó el 8 de diciembre de 1980 – hace exactamente 38 años– en la esquina de la calle 72 en Nueva York, en las puertas del edificio Dakota, abatido por cuatro pistoletazos. En el lado oeste del Central Park no volvió a ver más (como en la vieja caverna de Liverpool) la luz al final del túnel.

Desde que, cuando niño, su tía Mimi le compró una guitarra de segunda mano, se dio –“Imagine”– en imaginar tantas cosas y las fue cumpliendo una a una, seguro de que, como también un chico como él lo imaginó en un graffiti, para ser realista hay que pedir siempre lo imposible. La palabra guitarra proviene de la palabra árabe khítara y ésta de la griega cítara y ambas del nombre con el que alguien identificó por primera vez hace miles de años un sonido que no existía sino que fue creado por el ansia de perpetuar un rumor interior que se parecía más que nada a la dicha y que ese alguien escuchaba en la plenitud de sus sueños y de sus inclemencias. Él –John Winston Lennon– lo oyó y sintió en la vorágine y la lucidez de los años sesenta, en los ensayos y en los conciertos, muy lejos de los bombardeos y de las campanadas, habituado a hacer el amor no la guerra, rebelde, ilusionado, eufórico y mientras los espíritus más grandes de su generación caminaban de madrugada por las calles secretas y prohibidas entonando los salmos más bellos y tiernos que la inspiración haya producido.

Como un caballo que se desboca en la noche de Occidente, tuvo una extraña fascinación por las culturas del otro lado del mundo. No quiso saberlas sino tocarlas y entonces se enamoró de una muchacha que provenía de la ciudad de Sien en donde miles de soldados de arcilla guardan hasta hoy la tumba del emperador Shi Huangdi. Maravillado por la visión que le regalaba el Paraíso, imaginó que un soldado de esta época no podía blandir una lanza ceremonial sino una vieja guitarra escocesa, y que la épica canción de los albores y las conquistas podía convertirse  por la magia de los años y de las distancias en una solitaria canción de amor.

Es el reino de la verdad que se anuncia en un verso –“Love. love me do”– y se interpreta en un ritmo que todos pueden escuchar pero que sólo hacen suyo hasta el alma aquellos que hasta hoy y como siempre han perdido todos los sentidos para conservar el único y ubicuo sentido de la vida.





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