Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

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Malvinas: el estertor de una guerra

La guerra de las Malvinas sigue matando en la Argentina y en Inglaterra. Treinta y siete años después del conflicto, los suicidios de veteranos no cesan y casi igualan a los muertos en combate en el mismo archipiélago. Según las últimas estimaciones, desde el fin de la guerra, en junio de 1982, se han quitado la vida al menos 400 excombatientes argentinos y un número aproximado de ingleses. El número de suicidios, sin embargo, es sólo estimativo y las agrupaciones de veteranos no descartan que la cifra sea mayor. Los datos fríos de una guerra que se libró en medio del hielo que congelaba hasta los fusiles y los huesos, son reveladores: 74 días de combates, 649 muertos y más de 1,200 heridos argentinos, y 255 británicos abatidos. También hubo civiles entre las víctimas, como tres mujeres habitantes de las islas.

La vida es una larga batalla que no se decide en años sino en días, a veces en horas y que uno cree ganar. A la deflagración del instante sigue la lenta sombra, la vasta nube de polvo que se alarga y se alarga hasta cubrirlo todo. El día que eso pasa uno descubre que no ganó la batalla sino que la perdió y que sólo el azar demoró el anuncio de la derrota. Todos somos, de alguna manera, veteranos de una guerra que no supimos librar. Contra el tiempo, contra el azar, contra nosotros mismos. Entre los apagones y destellos del ataque, en plena balacera, no distinguimos nada que no sea el color y los estertores de la muerte. Es la muerte, pero en ese instante se disfraza de epopeya, de gesta, de cruzada y nos alienta a tocarla con las manos, a levantarla para verla de cerca y comprender que no se parece en nada a la vida, efímera y fugaz, y ella eterna, espaciosa, inconmovible. Somos, querámoslo o no, víctimas y prisioneros de nuestra propia guerra interior. Los mástiles rotos, las bengalas quemadas, el olor y el sabor de la vergüenza, el de los santos temores, el botín, la fanfarria y uno cree que la guerra terminó… pero no sabe. “Vio lo que nunca había visto: la sangre en los arenales”, dice Borges en su milonga a los desaparecidos de esa guerra de hace 37 años en uno de los helados confines del mundo. Nadie los consoló en su hora postrera, pero cada uno en su profundo interior “supo si era o si no era valiente”.

Eso basta porque aunque la guerra continuará (y nadie sabe por cuánto tiempo) para ellos ya está en el olvido. No importa si la bala los tumbó o si el eco que hizo al caer los alcanzó treinta y tantos años después. Lo que cuenta es que a quienes participaron en ella les resolvió un dilema que sin su fragor hubiera sido imposible descifrar. ¿Qué es la guerra sin muertos? ¿Qué es la vida sin héroes? ¡Oh Ares, hijo de Zeus y de Hera, padre de Eibos, Fobos y de Eros y a quien todos en el Olimpo despreciaban, no nos des, si acaso, la victoria, pero sí el valor para justificar nuestra vida!



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