Columnista - Jorge Alania Vera

Mi encuentro con Borges

Jorge Alania Vera

27 mar. 2019 02:10 am
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Noviembre de 1978. Mi madre tomó las Obras Completas de Borges del escritorio de la casa y me dijo: llévalo para que te lo firme. No, mami, le contesté. No lo voy a llevar, no quiero registros de este encuentro porque será indeleble para mí. Fui alistándome impaciente, algo tenso, sin olvidar, por cierto, la corbata amarilla, porque sabía que el amarillo era el único color que él podía difusamente distinguir (“…Y ahora sólo perduran las formas amarillas/ Y solo puedo ver para ver pesadillas.”) Llegué al alto edificio de la avenida Arequipa, en cuyo piso 20 estaba el chifa Yut Kung y me acomodé en una de las salas de espera. El diplomático argentino, Faustino Pleguezuelos, vino al rato y me comentó: vos almorzarás con Borges y con María Kodama, solos los tres, llegarán en unos momentos. Borges apareció. Me quedé anonadado de la impresión, pero la oriental amabilidad de María Kodama me devolvió a la realidad. Allí estaba, frente a mí con su rostro sereno, su impecable señorío y su hermoso bastón marrón. Era el hombre a quien le debía tantas y tantas horas de lectura apasionada, el coloso de la cultura, uno de los escritores vivos más grandes del planeta. Ingresamos en el ascensor. Su corbata es amarilla, me dijo. Sí, Borges, le contesté con enorme satisfacción. Ya en el restaurante, me tomó del brazo y pidió que lo acompañara a la ventana para divisar la ciudad. ¿No es hermosa Lima?, me preguntó y yo solo atiné a repetir estos versos suyos: “…Y la ciudad es ahora como un plano/ de mis humillaciones y fracasos/Desde esa puerta he visto los ocasos/Y ante ese mármol he aguardado en vano”. Nos sentamos con María Kodama para almorzar. Ella pidió un plato muy sencillo para él y yo no me acuerdo qué pero sí me acuerdo que no comí nada durante la larga conversación. No hablé nada de mí (¿qué iba a hablar?) y todo de su obra y él seguía muy animado los diálogos y comentaba sobre sus personajes, el carácter de los mismos, las variaciones que podrían haber tenido en algunos de sus cuentos, cuyos párrafos yo recitaba para su análisis erudito y sus maravillosas disquisiciones. Atardecía y seguíamos conversando. Conversando es un decir, hablábamos de sus personajes, de sus temas, de los tigres, de los espejos, de los laberintos. De pronto, él declamó unos versos en una lengua incomprensible. Al notar mi sorpresa, preguntó: ¿No sabe usted alemán? No, le dije. ¡Qué falta de curiosidad la suya!, me replicó. Al llegar a mi casa y mientras almorzaba, les conté a mis padres y a mis tres hermanos el encuentro. Ocho años después falleció sin ganar el Nobel. No le importaba, estoy casi seguro después de haberlo visto y conversado con él. Sus poemas y cuentos quiebran, a veces, el corazón pero dejan siempre quieta el alma. Como buen discípulo de Schopenhauer, Borges -que se proclamaba un anarquista individualista- era, en el fondo, un pesimista, aunque no lo parecía. Al contrario, su serenidad y afabilidad eran no solo edificantes sino contagiantes. Yo puedo dar fe. Siempre lo recuerdo porque siempre lo leo y porque llamo a mi hijo Jorge Ricardo, como su madre lo llamaba a él: Georgie…

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