Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





“Negra” del alma…

“Negra” se agita frente a los escombros de un incendio ya controlado en la cuadra 3 de la avenida Aviación en La Victoria. Por fin logra ingresar y al rato sale con su cachorro muerto llevándolo en su boca. Seguramente lo sabía o lo intuía: no lo pudo salvar de las llamas y del humo. Pero nos dejó a todos una lección imperecedera de afecto y sentimiento.

Byron, el solitario poeta inglés que escribió: “únicamente salgo para renovar la necesidad de estar solo”, dijo en uno de sus textos: “cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”; un perro que nunca tuvo pero que probablemente imaginó como el paradigma de la lealtad y del cariño que anduvo buscando infructuosamente por la vida.

“Todos los animales son tristes”, señala Hermann Hesse en ese libro imprescindible que se titula El Lobo Estepario. Tal vez son tristes porque conviven con los humanos y no pueden hablar, ya que si pudieran les hablarían como el lobo lo hizo con Francisco de Asís en ese bellísimo poema de Rubén Darío: “En todos los rostros ardían las brasas/de odio, lujuria, infamia y mentira/hermanos a hermanos hacían la guerra/perdían los débiles, ganaban los malos/ Me vieron humilde, lamía las manos/y un buen día todos me dieron de palos…”

La ley de la Selva, a la cual los humanos le hemos dado una connotación totalmente negativa, es también la ley del amor. Lo prueban esas conmovedoras fotografías que el lente de David Zorrilla Barrutia registró en ese incendio de La Victoria. En la inmensidad del bosque resuena el canto de las cigarras y sólo ellas no lo oyen porque son sordas, escribió Ernesto Cardenal en la abadía de Kentucky. Pero qué importa. Cantan porque el canto es vida, es amor, es vivencia que se expande para compartir. “Negra” lo sabía así como todos los animales lo saben. El amor a la cría fue más fuerte que su instinto de supervivencia y su fidelidad más grande que el taciturno cielo de Lima.

“El hombre es el único animal que bebe sin sed y ama sin tiempo”, escribió Ortega y Gasset. Pero dónde está el manantial, dónde el agua, dónde el río alegre y caudaloso. ¿A qué hora tocan las campanas del amor que nadie o casi nadie las escucha?

Todos los que hemos tenido un perro aprendimos una historia. De la mía recuerdo el instante final del sacrificio: “Turco” moría y mi hijo Jorge lloraba desconsoladamente a su lado. Mirando ahora las fotos de “Negra” y su cachorro muerto en su boca, tal vez empiezo a comprender por qué.

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