Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Permiso para morir

La eutanasia no es una alternativa ante la muerte, sino ante la vida. ¿Qué hago con ella en determinado momento ineludible, en determinada circunstancia extrema? ¿Qué, si no se trata de mi vida sino de la de uno de mis seres queridos y cercanos?

Independientemente de sus connotaciones éticas, morales y legales, dejar morir o morirse a un enfermo o enferma que no tiene alternativas terapéuticas para seguir viviendo y que en ese trance sufre, seguramente, lo indecible, es una decisión profundamente personal y emocional.

Lo ilustra el caso de las hermanas de María Teresa, afectada de ataxia neurodegenerativa e ingresada hace unas semanas por enésima vez en el hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares. Sus hermanos solicitaron medidas cautelares por vía penal para garantizar su vida, porque aseguraban que los médicos no iban a reanimarla en caso de que entrara en paro cardiorrespiratorio. También el de Andrea, de 12 años, cuyos padres querían retirarle el soporte vital, pero el hospital clínico de Santiago de Compostela donde estaba ingresada se negaba a hacerlo. Asimismo, el de Vincent Lambert, de 42 años, en estado vegetativo desde el 2008 tras un accidente de tráfico. En su caso, sus padres se oponían a la desconexión pero su esposa no. Tras idas y venidas hospitalarias y judiciales, Vincent fue finalmente desconectado hace dos semanas en un hospital de Reims y acaba de fallecer. En el caso del niño Alfie, de 2 años, tras una batalla similar entre los padres y un hospital de Liverpool, se procedió a la desconexión y el pequeño falleció. Inmaculada, de 54 años, 20 de los cuales los pasó postrada por una distrofia muscular en un hospital de Granada, solicitó que la desconectaran del respirador artificial y el comité ético de la Junta de Andalucía accedió, falleciendo ella poco después.

En la película “Hable con ella” de Pedro Almodóvar, el enfermero que atiende diariamente a una paciente en estado vegetativo, responde a quien le pregunta cómo hace para comunicarse con alguien en ese estado. Hable con ella, le dice con naturalidad el enfermero. En el caso de María Teresa del hospital de Alcalá de Henares, sus padres advierten a los médicos que ella escucha y ríe.

Somos seres para la muerte, decía Heidegger. Sin embargo, a veces, nos aferramos tanto a la vida que pareciera que eso no es verdad. Pero lo es y Jorge Manrique nos lo advierte: “Recuerde el alma dormida/avise el seso y despierte/contemplando/cómo se pasa la vida/cómo se viene la muerte/tan callando”.

La vida nos llama pero la muerte también. Solo que el llamado de la vida suena como el sofar que convoca al rezo del shabat en las sinagogas, o como la voz del muecín que desde lo alto de un minarete llama a la oración en las mezquitas, mientras que el llamado de la muerte suena inexorable como el tic tac del reloj o como la sirena de una ambulancia que cruza a nuestro lado.

La vida entendida como un viaje es una metáfora clásica de la literatura. Cada quien hace el suyo, pesado o ligero de equipaje. Cuándo terminará, nos preguntamos en la soledad de nuestras horas más grises. Y entonces escuchamos, como el pontífice Julio II a Miguel Angel, cuando le preguntaba cuándo terminaría los lienzos de la Capilla Sixtina: ¡Cuando lo termine!





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