Jorge Alania Vera

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EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

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Sentados frente al mar

Puerto Montt, no es solo un clásico de Los Iracundos sino una canción que varias generaciones han cantado y cantan hasta hoy. Pero si su canción hizo noticia continental en la música popular latinoamericana hacia finales de los sesenta, la pareja de enamorados que la protagonizó lo acaba de hacer ahora.

En efecto, su primer y pegajoso verso: sentados frente al mar, dio nombre a una escultura de la localidad en la que un hombre y una mujer, abrazados y tomados de la mano en la banca de un parque, de la ciudad están a punto de despedirse. Él dice: “mil besos yo le di/ después le dije adiós/ todo termina aquí”. Y ella replica: “abrázame y verás/ que el mundo es de los dos/ salgamos a correr/ busquemos el ayer/ que nos hizo feliz”

Esa escultura del amor y de la despedida, iba a ser trasladada a otro sitio pese a las protestas de la población. Ante ello, las autoridades convocaron un plebiscito. Los resultados: de un total de 48.745 lugareños, el 64.6 por ciento votó porque la escultura se quede y el 35.12 porque la trasladen. Los enamorados de Puerto Montt se seguirán, así, despidiendo, mientras miran con nostalgia y tristeza el mar que dentro de poco los va a separar acaso para siempre.

Es probable que tan alta votación no solo se explique por el hecho de defender una escultura icónica de la pequeña ciudad, sino porque, de algún misterioso modo, a nadie le gustan las despedidas, aunque todos los días nos estamos despidiendo de algo o de alguien. Con el corazón roto y las palabras vacías, uno dice: “me alejé de ti, /sin saber por qué, / y yo la dejé /sola frente al mar/ bajo el cielo azul/ de Puerto Montt.

En la región de los lagos de Chile y en Puerto Montt en particular, esa escultura rememora un encuentro antes del adiós definitivo.La pareja está sentada en un banco y tomada de las manos. El hombre lleva puesta una camisa blanca y un pantalón celeste. La mujer viste de verde, con un collar blanco y zapatos de charol. El gesto de sus manos es mucho más expresivo que sus miradas.

La escultura es tosca, casi pedestre y tal vez no dice mucho, pero para los habitantes de la localidad, es un emblema de lo que esa canción significa para ellos. Hay tantos que se han enterado que esa pequeña ciudad costera existe por esa tonada que se hizo tan popular y, sin duda, no tantos, de la historia de la icónica escultura. Sin embargo allí está y allí se quedará porque los lugareños lo quieren así, hasta que el viento del mar la vaya desgastando, en un lento pero irreversible proceso de deterioro.

Pasarán los enamorados, pasarán los adioses, pasará el amor fugaz o duradero. Pero esas manos entrelazadas se quedarán así porque significan el asidero de la vida, lo que nos espera al otro lado del mar, la ilusión de una caricia cuando más se necesita, el puerto que algunas veces añoramos en la tempestad de nuestras desdichas.

Sentados frente al mar nos pasamos la vida. A veces en un parque con árboles y grutas. A veces en el borde de un acantilado estrujados por el silencio. A veces en la arena de una playa en donde los niños juegan y la gente disfruta. Y entonces sentimos su brisa y entendemos por qué Borges dijo de él que es “una cifra de cosas que no sabemos”. No lo sabemos pero lo presentimos, como los muchachos de la tosca escultura que tomados de la mano, no entienden del todo lo que es un adiós pero lo viven.





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