Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Un pacto con el diablo

Es fama que Paganini tocaba el violín como los dioses. También lo es que para ello, paradójicamente, había firmado un pacto con el diablo. Una noticia  que circuló por Niza hacia mediados de 1830 refería que en sus cuerdas anidaban las almas de las mujeres de hermosa voz. Sea como fuere, lo cierto es que su violín- un Guarneri del Jesú- asombró, como ningún otro, a sus contemporáneos. Y que le dio la gloria y la riqueza, mas no la felicidad.

Abrumado por la depresión y la neurosis y por una afección que le dañó irreparablemente las cuerdas vocales, perdió primero la voz y luego la vida. Entre una pérdida y otra mediaron algunos años y un vasto y enloquecido silencio que él trató en vano de transformar en partituras.

Muerto en Niza en 1840, la Iglesia le negó sepultura en el cementerio y el féretro conteniendo lo que quedaba de su cuerpo y de sus sueños, deambuló de un lugar a otro hasta que en 1845 la duquesa de Parma le dio cobijo bajo unos árboles del camposanto de la ciudad.

Se obsesionó con el juego y el amor. En noches de apuestas y de euforia, perdió hasta su violín, el mágico, el único, el que supuestamente le había dado Luzbel a cambio de su alma. Tuvo algunos amores indelebles pero el desamor fue la marca a fuego de su vida. Su Capricho N°24 en La Menor, es, quizás, la obra más hermosa y compleja que se haya escrito para violín.

Expulsado por los ángeles (a quienes emulaba con el arco en la mano) y olvidado por el demonio (con quien seguramente ensayó la tocata y fuga del abismo) desapareció en olor de misterio y de magia llevándose a la tumba sacrílega el secreto de la última cuerda.

En un concierto, del que existe registro confiable, a Paganini se le rompieron, una tras otra, dos cuerdas de su increíble violín. En cada ocurrencia, a la confusión seguía el estupor y luego la exaltación, al comprobar el público, el director y la propia orquesta cómo el maestro se las arreglaba para seguir tocando la partitura completa sin una sola falla, sin una sola omisión. Pero de pronto sucede lo impensable: la tercera cuerda del violín de Paganini se rompe y todos en la sala, atónitos, no saben a qué atinar. Paganini sí lo sabía y siguió tocando…los ángeles le dieron una tregua y el demonio lo dejó por un momento en paz, para que él, Nícolo Paganini, el niño tiranizado por su padre y atrapado poco después por toda clase de espíritus malignos, pudiera arrancar a esa única cuerda los sonidos más inverosímiles, sin desafinar y sin olvidar una sola nota.

El secreto de la última cuerda está, sin duda, en esa zona en la que se cruzan las sombras y las luces de la vida. Porque cuando ya no hay  en ella más luz, están las sombras para poder increíblemente iluminarla. Paganini no habló con los ángeles ni hizo, en verdad, un pacto con el diablo, sino consigo mismo, con su última cuerda siempre imposible de romper.

 





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