Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:



Una guitarra en llamas

Un día de mediados de junio de 1967, tras una exhibición de destreza y virtuosismo que no se había visto y escuchado nunca, Jimi Hendrix, el muchacho de Seattle que fue expulsado de la escuela y cuyos hermanos vivieron en hogares de acogida, tomó su mágica guitarra y la quemó en el improvisado altar del escenario del County Fairgrounds de Monterrey, en California. En los 40 minutos previos, había tocado como solo los dioses podían hacerlo, haciendo, además, malabares increíbles con el instrumento del que salían únicamente notas perfectas, tocando las cuerdas con los dientes, por detrás de la espalda, contra el soporte del micrófono y hasta contra el amplificador, consiguiendo acoplamientos maravillosos. Su icónica figura reflejaba las particularidades de su ancestro: la bisabuela, una india cherokee que se casó con irlandés y el padre, un afroamericano sumido casi en la indigencia. El único hogar que tuvo fue el de la comunidad marginada de Nueva York, en el que solía paliar las enormes estrecheces de su adolescencia.

Detenido por conducir un auto robado, le dieron a escoger entre el servicio militar y la cárcel. Por ello se alistó en el ejército. De niño, le pidió a su padre una guitarra y este apenas pudo regalarle un ukukele viejo que encontró en una subasta de garaje y que sólo tenía una de sus cinco cuerdas. Sin embargo, ese instrumento clásico de Hawai, así de deteriorado y disminuido, producía, en sus manos, sonidos increíbles. De joven, entre los violentos y precarios días de Harlem y las noches de drogas, blues y poemas del Greenwich Village, Jimi encontró el lugar ideal para su desmesura musical y vital y a él se entregó como si fuera su último reducto.

Las llamas, las calaveras y las rosas son símbolos del rock y por eso con ellas se decoran las guitarras eléctricas. Fuego, muerte y amor se afirman y se niegan en las vidas y obras de los iluminados de las cuerdas. Jimi Hendrix fue uno de ellos, el más grande, y las llamas, las calaveras y las rosas lo persiguieron hasta el fin. El fuego de esa noche mítica de California, encendió una hoguera que se sigue avivando aún con los vientos de este y del otro lado del planeta.

Mientras que los restos de la guitarra que Jimi quemó, se guardaron y actualmente se exponen en el Experience Music Project de Seattle, el resplandor que produjo está disperso en la memoria de todos los que lo vieron y de todos los que hasta hoy se lo imaginan, cruzando las calles de los Estados Unidos en los que otro iluminado, Allen Ginsberg, vio “a los más grandes espíritus de su generación destruidos por la locura, hambrientos, histéricos, desnudos…” Una vez, en la exultación de un ensayo, Jimi Hendrix, que no había estudiado casi nada y que era un absoluto autodidacta de la guitarra, dijo: “quiero hacer una música tan perfecta que se filtre a través del cuerpo y sea capaz de curar cualquier enfermedad”. En efecto, la hizo y millones de millones de personas han sentido ese misterioso escalofrío al escucharla, aunque él no haya podido curar su propio y solitario mal, un misterioso síndrome de la rebeldía, la fatalidad y la tristeza, que lo tumbó sin remedio sobre su cama del hotel Samarkand de Londres, el 18 de setiembre de 1970, a los 27 años de edad.



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