Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Una silla de ruedas en la pista de baile

En la noche de la exultante alegría, al primer acorde de la orquesta y en la plenitud de la luz blanca y radiante, irrumpe una silla de ruedas en la pista de baile. Es Ana María que ese sábado cumple 56 años y que está postrada por una esclerosis múltiple. Sus hijos y otros familiares y amigos la colocan en el centro y aplauden y bailan al cadencioso ritmo de la música. Ana María también y cómo le permiten sus manos festeja y tararea.

Más allá, sólo un poco más allá, alguien mira el ancho mar con una pregunta sin respuesta. Y alguien siente un vacío tan grande que le hace un hoyo dentro del pecho y aún más adentro. Y otro, otros, se derrumban, se postran, se quedan quietos, idos, sin intentar nada frente al infortunio que no sea dejarse estar y morir. Son las historias de cada día, de cada noche. Son las noticias sin epígrafe y sin nombres. El sol que no abriga y la luna que no alumbra. La noche oscura del alma a la que se refería San Juan de la Cruz, esa misma noche que es una cueva oscura “donde temes entrar porque es donde está tu tesoro”, según Joseph Campbell.

La vida es un valle de lágrimas y luces, sólo que las lágrimas caen solas y las luces hay que verlas. Como las ven Ana María y los suyos que no sólo no se amilanan frente al sufrimiento sino que lo aceptan sin fatalismo. Keats, el poeta de Inglaterra que unos meses antes de morir y en la lucidez de la fiebre dijo: “Siento que las flores crecen en mi cuerpo”, dijo también: ¿no ves cuán necesario es un mundo de dolores y problemas para educar nuestra Inteligencia y convertirla en Alma?

Todos en la pista bailan y ríen. Saben que simulan la felicidad pero que también es muy bueno y hasta terapéutico hacer de cuando en cuando un alto entre los sufrimientos y las luchas.

Isadora Duncan -que afirmó que bailar es sentir, sentir es sufrir y sufrir es amar-  aprendió a bailar de niña mirando el mar y el movimiento de las olas. Nosotros sólo atinamos a mirar el estrecho horizonte pero eso nos basta. El filósofo enloquecido que dijo que sin la música la vida era un error, señaló también que “deberíamos considerar perdidos los días en que no hemos bailado al menos una vez”. Y hasta Soran Kierkegaard balbuceó dentro de su estoicismo y de su timidez: “me he entrenado y me estoy entrenando siempre para poder bailar ligeramente al servicio del pensamiento”.

Un proverbio sufí-esa rama mística del Islam cuyos practicantes hablan todos los días con el Profeta- reza: “Dios te respeta cuando trabajas pero te ama cuando bailas” ¡Benditos sean, entonces, Ana María, tú y los tuyos!

 





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