Jorge Alania Vera

Jorge Alania Vera

EPÍGRAFE PARA UNA NOTICIA

Acerca de Jorge Alania Vera:





Vigilia de la Nochebuena

Muchos deseábamos fervientemente sentirlo como un padre pero terminamos sin saber finalmente quién es: si el que abre de par en par el cielo con su voz bronca y majestuosa; o Aquel que nace pobre y transeúnte en un establo; o el que pende de una cruz y apenas tiene fuerzas para decir tengo sed.

A sólo unos días de la Nochebuena, recordamos que quiso ser la luz del mundo y acabó en el claroscuro de un viernes cualquiera iluminado sólo por el amor de dos mujeres y la fidelidad de un discípulo. También que trató de ser la sal de la tierra y sólo conoció el sabor de la hiel y el vinagre en su hora final.

Curiosamente, una frase de Sartre, cuando muchachos, nos alejó de él: la vida es una pasión sin sentido. Y otra de Teilhard de Chardin, ya hombres, nos acercó: la vida es una pasión cuyo sentido es Dios. ¿Dos visiones contrapuestas? Quién sabe.

Sea como fuere, somos como sus discípulos de Emaús, a quienes les ardía el corazón mientras Él hablaba de las Escrituras. Nos confunden tantas cosas pero nos deslumbra su ejemplo. Pobre y transeúnte: así nació. Pobre y transeúnte: así murió.  Entre Belén, que significa Casa del Pan, y  el Gólgota que en arameo, su lengua nativa, significa sitio de la Calavera, transcurrió su vida. Entre la realidad y la leyenda, también. ¿De quién hablamos? ¿Del Jesús histórico, un carpintero de Nazareth a quien, cuando salió a predicar, su propia familia creyó medio loco? ¿O del Cristo confesional que camina sobre las aguas e inicia la historia de la salvación?

Si una frase nos define, ¿cuál fue, entonces, la suya?: ¿Yo soy el que soy? ¿Tengo sed? ¿Todo está consumado? Creemos que esas palabras premonitorias son aquellas que le dirigió a su compañero de infortunio en la tarde del Gólgota: “Mañana estarás conmigo en el Paraíso”. Mañana, paraíso, fueron siempre su realidad y al mismo tiempo su quimera.

Nos lo imaginamos en las calles y montañas de Jerusalén predicando y compartiendo la lluvia, la estrechez, la elusiva esperanza. La noche del Sanedrín le preguntaron qué es la verdad y calló porque la verdad no se dice sino se es: tal vez ese sea su más grande legado. Todos sus apóstoles, que, por cierto, fueron más de doce, eran ignorantes y pobres y buscaron en él un consuelo para seguir viviendo. Judas, el Iscariote quería una razón; quizás por eso acabó colgado de un árbol.

En el huerto de los olivos conversó con alguien que nadie sabe; parte de esa conversación está hasta hoy en todas nuestras encrucijadas y dilemas. En el monte no dijo un sermón sino recitó un poema y enseñó una plegaria que ningún evangelio ha registrado: “Padre Nuestro, no nos dejes caer en el olvido de que tú eres la canción que se renueva de tiempo en tiempo”.  “Noche de paz, noche de amor…” puede ser la noche del lunes esa canción.





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