Jorge Morelli

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MEDIA COLUMNA

Acerca de Jorge Morelli:



Nada es a prueba de idiotas

Los empresarios peruanos legítimamente interesados en proteger una economía en libertad jamás debieron dar semejante cantidad de dinero a los partidos politicos. Debieron ofrecérselo a los think tanks de quienes podían dar la batalla política y apoyar a los medios de comunicación que pudieran acogerlos. Así es como se gana una batalla política, no arrojándole dinero al problema.

Habría sido una inversion no solo infinitamente más eficiente en términos de resultados, sino absolutamente inobjetable desde un punto de vista ético.

No somos pocos los que desde medidados de los 80 tocamos puertas para pedir apoyo para institutos que pudieran dar respuesta al insolente desafío falsamente intelectual del enemigo. Era para dar batalla, contestar y competir en su propio terreno con las ONG de la izquierda financiada desde fuera. No era difícil vencerla. Sus productos eran mediocres, construidos sobre cimientos endebles y con arquitecturas intelectuales fundadas en premisas falsas, en lecturas ideologizadas que podían refutarse fácilmente con solo atender al proceso de la realidad sin prejuicios.
Pero algunos empresarios sienten solo desprecio por los intelectuales, incluso por los que defienden el principio constitucional de que la iniciativa privada es libre. En vez de eso prefieren tardías campañas mediáticas entregando verdaderas fortunas a los partidos para que ganen elecciones instrumentando medios para saturar y aturdir a la opinión pública y sembrar el miedo para acorralar el voto. Trataron vergonzosa e inútilmente de medrar mediante el temor. Eligieron el camino ilegítimo porque no era ilegal. Nada es a prueba de idiotas.

Hay tontos convencidos de que el dinero es omnipotente y produce resultados instantáneos. El dinero no lo puede todo, el lavado de cerebro es más poderoso. El enemigo ha hecho su trabajo minuciosamente, en etapas perfectamente conocidas: desmoralización, desestabilización, captura del poder. Desmoralizar a un país toma 20 años. Se ha completado el proceso cuando el pueblo es avergonzado y humillado diariamente y convencido sistemáticamente de que su patria es una trampa sin salida.

No somos pocos, sin embargo, los que recordamos bien la década en que vencimos a la hiperinflación, al terrorismo senderista y al emerretista en la embajada japonesa, la década en que redujimos a un tercio las hectáreas de coca, en que firmamos la paz para siempre con un país hermano. Creo no equivocarme si digo que los peruanos estábamos entonces legítimamente orgullosos del Perú. Si hace 20 años hubiéramos hecho el trabajo paciente de apelar a la lucidez, de crear una narrativa que alcanzara a los peruanos significados para su historia de los que estar orgullosos, habríamos evitado la desmoralización. Desmoralizados, los seres humanos se consuelan en el desencanto de que ya nadie los tomará por tontos. Pero falta algo en sus vidas y no saben lo que les falta.

Los empresarios peruanos por muy buenas razones no volverán a donar nunca un centavo a un partido politico. Estos usaron de sus recursos para sus propios intereses particulares. Es hora de comenzar de nuevo. Aún es necesario devolverles a los peruanos su orgullo -que les ha sido expropiado- y recuperar la dignidad que un día conocieron y necesitan hoy para seguir adelante.



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