Columnista - Jorge Morelli

Odebrecht en La Habana

Jorge Morelli

15 sep. 2019 09:00 am
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El Nuevo Herald de Miami ha publicado hace poco un formidable artículo que circula en las redes. La publicación demuestra al fin, palmariamente, cuál fue exactamente la naturaleza del vínculo entre Odebrecht y La Habana.

Recuerda a este propósito que, cuando el Partido de los Trabajadores llegó al poder en el Brasil en el año 2002, Lula da Silva buscó activa y militantemente la forma de articular con La Habana y Caracas a los partidos de izquierda de toda la región -en el poder o tratando de llegar a él en el Perú, Ecuador, Bolivia y Argentina-, y que lo logró creando una forma de adicción y de nueva dependencia económica dura.

“Odebrecht era el medio para ese fin”, dice El Nuevo Herald.

Al respecto, el diario de Miami cita a un alto funcionario de Washington, Thomas A. Shannon Jr., quien fuera secretario de Estado adjunto –jefe de la diplomacia de EE.UU. para Latinoamérica- durante el gobierno de George W. Bush, y luego embajador de Estados Unidos en Brasil hasta el 2013: “Odebrecht y otras compañías –dice Shannon- se pusieron a trabajar con el Partido de los Trabajadores desde el principio… el PT estaba construyendo un nuevo modelo de corrupción del siglo XXI“.

Hoy sabemos bien en el Perú en qué consistió el “nuevo modelo de corrupción”.

El Nuevo Herald cita también a John Kavulich, presidente del U.S.-Cuba Trade and Economic Council: “El gobierno de Lula y su sucesora, la señora Rousseff –asegura-, consideraron a Odebrecht casi un fondo de riqueza soberano”.
En concreto, el vínculo de Odebrecht con La Habana surgió con la masiva inversión brasileña en la reconstrucción –dotada de una nueva zona económica especial- del viejo puerto cubano de Mariel (por donde décadas atrás salieron los “marielitos” que vinieron al Perú).

A cambio de la megainversión de Odebrecht en Cuba, a pedido de Lula y del Partido de los Trabajadores, desde La Habana llegaría a Sao Paulo no ya la vetusta ideología del castrismo, que no valía el papel en que estaba escrita, sino la información estratégica de inteligencia para la expansión del “modelo de la corrupción” brasileña a toda Sudamérica.

Así pagó La Habana también el petróleo de Venezuela y compró con petróleo venezolano los votos de la OEA para sus regímenes aliados en Centroamérica y el Caribe.

Paralelamente, es interesante recordar que Tom Shannon salió del cargo de secretario de Estado adjunto para Latinoamérica en la secuela de la supuesta “ruptura constitucional” de Honduras en 2010 y la posterior renuncia del gobierno de EE.UU. a exigir el regreso del depuesto presidente Zelaya. Solo luego de largo tiempo y forcejeos del Ejecutivo con el Congreso de EE.UU., Shannon sería designado por Barack Obama embajador en Brasil y reemplazado como secretario de Estado adjunto para Latinoamérica, nombrado ahora por Obama, por el académico chileno-estadounidense Arturo Valenzuela, asesor político en reforma constitucional en Bolivia, Brasil, Ecuador y Chile.

El “nuevo modelo de la corrupción” fue la trampa que puso a los latinoamericanos la izquierda brasileña, en la que el Perú continúa atrapado hasta la fecha. Lula está hoy en prisión, pero sus patrones de La Habana, que fueron los autores intelectuales, viendo llegar el fin de su dominio sobre el petróleo de Venezuela preparan su plan B en el Sur de Perú con la captura de los recursos naturales estratégicos para el siglo XXI. Ellos son el enemigo que toca las puertas.

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