Jose Cevasco

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DECODIFICADOR POLÍTICO

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No encuentro mis zapatos

Durante la segunda mitad de la década del 90, el Servicio Parlamentario tuvo uno de los más difíciles encargos en cuanto a su capacidad de resolver problemas logísticos: se nos encomendó modernizar el hemiciclo del Congreso (ex Cámara de Diputados) y, a la vez, hacer que el hemiciclo en donde sesionaba el Senado de la República esté acondicionado para que las sesiones del Congreso se desarrollen con normalidad. Instalar fibra óptica, y un sistema de votación y asistencia electrónica fue el reto.

Pero resulta que luego de haber concluido una de las sesiones plenarias, muy cerca de la medianoche, estaba en mi oficina ordenando mis documentos, cuando se apareció el jefe de los ujieres que con nerviosismo me dijo: “señor Cevasco, en el hemiciclo está sentado un congresista, y no se mueve de su escaño… ¿podría usted ir al hemiciclo y hablar con él, por favor?”

Me acerqué y le pregunté: congresista, ¿qué ha pasado? Él, en voz baja me dijo: “no encuentro mis zapatos”. La verdad es que me sonreí y al volverle a preguntarle me contó que tenía la costumbre de quitarse los zapatos durante las sesiones para estar cómodo, pero que al terminar la sesión se dio cuenta que sus zapatos no estaban y que le daba vergüenza preguntar, así que prefirió esperar que todos sus colegas se vayan para buscarlos con tranquilidad. En ese instante, no me quedó de otra que instruir al grupo de ujieres presentes en el hemiciclo que empezaran la búsqueda del par de zapatos.

Buscaron por cada rincón, pero nada, los zapatos habían desaparecido. La búsqueda continuó por unos treinta minutos, cuando en eso un de los ujieres en voz alta y de un extremo a otro, gritó –mostrándolos con el brazo extendido– “encontré los zapatos dentro de un tacho de basura”.  En ese instante, todos, inclusive el congresista, nos reímos de lo sucedido. Era muy jocoso ver al ujier caminando desde el otro extremo de la sala de sesiones, hacia el congresista con su par de zapatos en la mano.

Así, el episodio llegó a su fin y el ujier que tuvo el “olfato” para encontrarlos, se fue feliz con una buena propina para su taxi. Para eso, eran más de la una de la madrugada y recién para nosotros la sesión había terminado.

JOSÉ CEVASCO

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