No es que dé la sensación. Es que el triunfo electoral del comunismo en primera vuelta ha cogido con los pantalones en el suelo a nuestra centroderecha. Aparece por ahí una suerte de pasmo generalizado. Inclusive algunas voces denigrantes, traidoras, sugieren acoger al, sin la menor de las dudas, profesor senderista que buscará destripar a las clases media y acomodada, promover una asamblea constituyente, cerrar el Congreso y gobernar autocráticamente bajo la bandera de aquella asamblea popular que ondea en Cuba y Venezuela. Esto, amable lector, es lo que haría Pedro Castillo de hacerse con la presidencia de la República por el voto ciudadano. Sin embargo, dando repudiables muestras de miseria moral, traición a sus orígenes y cobardía -característica de sendos peruanos no izquierdistas, lacra impecablemente retratada en el establishment criollo- resulta que el segmento mejor preparado, alimentado, resguardado y sanitariamente privilegiado del país todavía no decide si votará por el candidato centroderechista que dispute el balotaje con Castillo, o si votará en blanco, viciado. ¡O por último, no votará! Una vergüenza nacional, amables lectores. Ciudadanos desconcertantes, con la cabeza mal amoblada, que anteponen sus fobias, consignas, envidias y engreimientos en momentos tan graves como los que padece el Perú, hoy al borde de caer en el precipicio de Cuba y Venezuela.
Infractores son los padres de familia de esos jóvenes cursimente bautizados como bicentenarios. Porque permiten y alientan a su prole a actuar sin sincronía con la realidad y tampoco respetando los valores democráticos y principistas que inculcaron los patriarcas que liberaron al Perú del coloniaje. Pero, además, ese lado de nuestra juventud transpira desviación doctrinaria, producto de años de enseñanza progre, buenista, populista, socialista y políticamente correcta, impartida en los colegios más caros del país y consolidada por aquella escuelita del odio y el resentimiento social en que se han convertido la mayoría de las universidades. ¡Comenzando por La Católica! Sucede que esta porción de la sociedad vive medrando a sus padres, drogándose, juergueando hasta los amaneceres, viajando al extranjero, movilizándose en auto propio o familiar, comprando bienes de última moda. En fin, vagando y haciendo alardes de un dispendio sin fronteras. Pero, lo único que no hace esa facción de jóvenes “bicentenarios” es producir. ¿Razón? Les desagrada esforzarse. Peor aún, trabajar, como hace la gente normal. Por tanto, descartando la excusa de su desviación doctrinaria y moral, esa falta de casta de este segmento de nuestras generaciones jóvenes carece de explicación lógica. Excepto, claro, presuponer que ese lado de la juventud ya sucumbió ante los cantos de sirena de la izquierda internacional, post implosión de la URSS. Izquierda que enamora con sus mensajes de igualdad, para acabar imponiendo una implacable desigualdad, creando miseria, odio, delación, asesinato, etc. Karmas estratégicos para controlar a las sociedades. Armas suficientes para arrasar con las libertades democráticas y los derechos humanos de la persona. Los casos de Cuba y Venezuela son más que evidentes.
Si ganase el comunismo en la segunda vuelta, estos jóvenes descarriados cargarán con toda la culpa. Aunque sus padres asumirían idéntica responsabilidad.