Juan Carlos Ruiz Rivas

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Tía María, ¿va o no va?

Las últimas semanas, los opinólogos empresariales alertan sobre lo terrible que sería dejar pasar la oportunidad de iniciar un proyecto tan importante para el país como Tía María. ¡Están en lo cierto!

¿Qué sostienen? Los mismos argumentos de siempre. La minería traerá mucho dinero, calidad de vida y desarrollo. Promesas incumplidas que permanecen como “sentido común” en el imaginario popular.

Los casos de éxito no acompañan la prédica de la minería moderna. No explican la prepotencia de sus grandes inversionistas. No cuentan por qué se ocultan tras un Estado que difícilmente resulta neutral. Y no entendemos por qué repiten la misma fórmula que hizo fracasar sus intentos por obtener una licencia social.

¿Cómo explicar que la minería moderna, esa que cumple los más altos estándares de impacto ambiental, olvide atender al actor más importante de toda intervención territorial? Subestimar el impacto social es como desconocer el derecho laboral de un trabajador al interior de una empresa. Un olvido que no tiene perdón. No es suficiente con unas charlas y consultas controladas que evitan ponerse en los zapatos del otro. Es necesario diseñar verdaderos estudios de impacto social, que sean autónomos de los estudios ambientales. No más un miserable capítulo a pie de página.

Hoy, por enésima vez, nos preguntamos: Tía María, ¿va o no va? Esa es la cuestión. Pero no podemos olvidar que la promesa de desarrollo debe convertirse en nueva realidad social, en historias de carne y hueso, en rostros de la cotidianidad. Hoy solo son promesas incumplidas. La gran minería se comporta igual que los políticos de turno. Alimentan a pequeños grupos de activistas para ganar la elección o el permiso legal. Pero luego olvidan a los demás.

Lamentablemente, su paso por territorios del interior del país salta a la vista. Ninguno se convirtió en una gran ciudad o en un polo de desarrollo. Ciudades que compitan de igual a igual con la capital. ¿Por qué no fuimos capaces de construir nuevas ciudades con los impuestos de la minería moderna? ¿Por qué siempre buscamos culpables? ¿Por qué no diseñamos soluciones sostenibles?

La clave está en reconocer a la gente. En imaginarnos el pensamiento social del poblador que vive alrededor de la exploración y la explotación minera. Hablamos del poblador. No de las mafias de terrenos que trafican con la pobreza. Si seguimos en ese círculo vicioso solo reproduciremos el subdesarrollo mental de empresarios y funcionarios por igual. ¡Es tiempo de hacer algo ya!



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