Jean Cocteau, el gran iconoclasta que dijo que la poesía no era un juego de la inteligencia, sino una actividad sagrada cuya riqueza residía en el tesoro escondido que dormita en el fondo de uno mismo, también dijo: la juventud no sabe con certeza lo que quiere pero sí lo que no quiere. En Mayo de 1968, en la gran revuelta de París, los muros se convirtieron en lienzos en los que la rebeldía escribió frases perdurables: Sean realistas, pidan lo imposible; bajo los adoquines está la playa; prohibido prohibir; desabróchense la cabeza tantas veces como se desabrochan la bragueta; la belleza está en la calle…

El poeta nicaragüense que tenía a Paul Verlaine como un ícono y a quien llamó padre y maestro mágico liróforo celeste, escribió: “Juventud, divino tesoro/ ¡ya te vas para no volver!/ cuando quiero llorar no lloro/ y a veces lloro sin querer”. Y lloraba, ebrio, al recordar el encuentro en su juventud con su maestro. Tenía 16 años y estaba con su madre en el boulevard de Saint Jacques, en Paris, ingresando a la lóbrega taberna en la que Verlaine dormía recostado en una de sus mesas. Para mi es una gloria conocerlo, le dijo, despertándolo y el padre y maestro mágico se puso la mano en un costado del pecho y le respondió: ¿la gloria?…mierda en el corazón.

Es revelador que Rubén Darío titulara su poema sobre la juventud: Canción de Otoño en Primavera y que figurara en su libro: Cantos de Vida y Esperanza. Porque en cualquier otoño, extrañamos la primavera y porque si hay algo que es vida, luz, canto y esperanza, es la juventud. No es que en ella no se midan las consecuencias, sino que estas no importan a la vista del ideal. Los jóvenes quieren cambiar las cosas y eso no sólo es bueno sino necesario porque esos cambios que las juventudes de todos los tiempos propiciaron, hicieron la vida más vivible y más justa, más igualitaria y hermosa.

La juventud no quiere componendas, ni con el statu quo ni con el destino. No quiere medias tintas. No quiere mentiras institucionalizadas. Prefiere el rojo y el amarillo de los expresionistas, porque sabe que más tarde o más temprano los grises dominarán su tela. Es un instante que fulgura, un rayo que parte, un fuego que quema. Pero debe saber a la par que sentir, aprender al mismo tiempo que experimentar, dar al igual que recibir, conceder a la vez que demandar, porque de esas interacciones se trata la vida en cualquier edad.

En momentos de sabe Dios qué angustias y silencios, el gran Ortega y Gasset escribió: “Toda vida es más o menos una ruina entre cuyos escombros debemos encontrar a la persona que tenía que haber sido.” El divino tesoro se fue cubriendo de moho y de cenizas, de canas y nostalgias. Se fue arrugando como el papel que casi ya no sirve.
Pero el divino tesoro sigue estando allí. Aunque alguna vez haya buscado a “la princesa/que estaba triste de esperar./ La vida es dura. Amarga y pesa./¡Ya no hay princesa que cantar!” Sí la hay.

En la juventud y en la vejez existen sueños y nostalgias, plenitudes y arrebatos. Tendrán otro cariz y, tal vez, otros colores pero son los mismos: monumentos o ruinas, finalmente qué más da, presente y futuro que se abrazan como cuando el joven y magistral cellista Stjepan Hauser, con el cabello alborotado y zapatillas, interpreta el inmortal adagio de Albinoni.