Empezaron a verse las estrategias de campaña de ciertos candidatos con chance al 11 de abril. Keiko Fujimori ha puesto en la agenda del debate la liberación de su padre de la cárcel a través de un indulto. Con esa maniobra busca sin duda consolidar una suerte de jubileo fujimorista y reconquistar un electorado que perdió cuando en la elección pasada dejó el tema en la estacada, lo que significó la ruptura con Kenji Fujimori y, a partir de ahí, el desastre político nacional de la caída de PPK, la ascensión de Vizcarra y sus consecuencias hasta hoy. Keiko pretende entonces volver a polarizar a su favor, pese a que ha afirmado en sus dos primeras entrevistas que la polarización fue la ruina de su estrategia política entre el 2016 y el 2019. ¿Ganará Keiko algo con esta estrategia? Nada. Lo único que hará es consolidar un voto duro que ya tenía y que no pasa, según las encuestas, de un 6%, algo similar al que consiguió Martha Chávez (7%) en las elecciones presidenciales del 2006. El problema con esta estrategia es que no funcionará cuando las prioridades políticas y sociales del país son otras que las de liberar a Alberto Fujimori.

Independientemente de que yo pueda pensar que Alberto Fujimori debería hace mucho tiempo estar en su casa y que la anulación judicial de su indulto otorgado por PPK fue una patraña jurídica, lo importante es darse cuenta de que el país está inmerso en una pandemia atroz, aún más virulenta y letal que la primera, y que a la gente le importa dos pepinos si Fujimori sale o no de la cárcel. Por el contrario, el electorado lo podría tomar como una falta de respeto en la medida de que espera de la señora Fujimori soluciones concretas a sus problemas (salud, emergencia sanitaria, empleo, educación frustrada, incertidumbre, seguridad), y que hasta la fecha no existen esos temas en la agenda de Fuerza Popular. Tampoco existen voceros de peso en tanto el señor Guerra García, que se supone va como número uno de la lista congresal para aportar el plan de gobierno, no truena ni suena y, más bien, parece algo desfasado con la vieja retórica del emprendedurismo en un país donde la pandemia ha hecho que los electores volteen al Estado como proveedor de soluciones a sus problemas inmediatos.

Paradójicamente la estrategia de polarización de la señora Fujimori ha sido bien recibida por todos aquellos que quisieran pasar a la segunda vuelta con ella, y serían capaces hasta de pagar para que las encuestadoras la inflen un poco para que aparezca como el cuco al que hay que derrotar. Hasta el fiscal José Domingo Pérez ha puesto de la suya para levantar a Keiko anunciando que pedirá una nueva prisión preventiva por desobedecer las reglas procesales impuestas por el juzgado. Con esto, evidentemente, Pérez pretende victimizar a Keiko y hacerle ganar algunas simpatías, pero no las suficientes para considerarla un peligro electoral. Ya ni se diga del bocón de Urresti que, tratando de llevar agua para su molino, ha redondeado la agenda de polarización de Keiko pidiendo un pacto anti-indulto de todos los demás candidatos, como si ese fuera el tema de la agenda país. En síntesis, o bien Keiko se ha resignado a no perder su núcleo duro como plan máximo para no desaparecer del mapa electoral, obviando cualquier alternativa de triunfo para este 11 de abril, o bien si aspira a pasar a la segunda vuelta su estrategia está totalmente equivocada. Por otro lado, sus rivales no han entendido que el país está harto de polarizaciones en medio de una pandemia que sólo en enero va costando más de mil (1000) vidas a cien (100) por día, lo que demuestra cuán estúpidos son en aferrarse al antifujimorismo como única carta de victoria.