El Perú requiere un cambio de timón. Hemos vivido 10 años de degradación en el manejo del Estado en los cuales los presidentes que se han sucedido han priorizado la polarización política y el despilfarro en el gasto de los recursos públicos sin contar con hoja de ruta para la generación de empleo. En buena cuenta las debilidades institucionales del Estado se han visto agudizadas por una gestión bastante gris y una corrupción a todas luces evidente, fundamentalmente alrededor de los grandes contratos de construcción. Si en las elecciones de abril se impone el continuismo el país se va a ver seriamente afectado, más aún en un escenario comprometido por los estragos de la pandemia.
El Perú requiere adoptar un programa de cambio social que priorice la generación de empleo, que aborde la resolución de las diferentes agendas sociales postergadas al día de hoy y que toque también la defensa del ciudadano frente a los atropellos del propio Estado y al abuso de la posición de dominio de los oligopolios en la patria. Clave en esta perspectiva es la reconfiguración del presupuesto general de la república, orientándolo hacia la gente. Es decir el inicio de una reforma del aparato público. Todo ello sin descuidar las potencialidades de sectores claves y grandes en el orden económico, pero teniendo en cuenta su viabilidad social y el respeto por los trabajadores en cada uno de ellos.
Entonces, desde las agendas sociales son claves: la agenda social del agro, la agenda social de la formalización popular del emprendedor peruano, o “normalización” de la mipyme, la agenda social de los pescadores pequeños y artesanales, la agenda social de la mujer, de la juventud, de la familia policial y militar, de la salud y la salud mental, entre otras. Sin 3 medidas disruptivas en cada dimensión de este análisis nos condenamos a mayor conflictividad social y a poca eficiencia en la reducción de la pobreza.
Vizcarra estaba sostenido por el sector mayoritario de la prensa, el club de la construcción en armonía con los intereses de los brasileños, por un sector de la sociedad civil de tendencia izquierdista oenegista y en buena cuenta por los oligopolios de una parte del gran empresariado alrededor de la banca,, entre otros. Adicionalmente, tenía una red de alianzas regionales con autoridades que complementaban este soporte. Sus denuncias y el retiro relativo de sus aliados propiciaron su caída, con un parlamento que tomó la iniciativa de una vacancia sin plan de acción para la transición. Cuando esta transición encabezada por Merino mostró todas sus debilidades no pudo evitar caer presa del desánimo y fue barrida ante la inconsistencia de un parlamento inexperto y torpe. Los grupos minoritarios del Frente Amplio y del Partido Morado tomaron el control del Legislativo y del Ejecutivo.
Sagasti no abordará la agenda social y esto puede abrir terreno para las propuestas del comunismo edulcorado de Verónika Mendoza, que de llegar al poder destruiría la economía nacional y el aparato productivo. Sería la imposición del estilo económico de Argentina, en el mejor de las casos, que ya vemos qué efectos catastróficos está ocasionado en esa tierra. Desde lo político tendrían además la misma vocación de permanencia en el poder, que el propio kitchnerismo, el chavismo o Morales en Bolivia.
Abordar con decisión la agenda social del país es urgente e ineludible si no queremos que el continuismo tipo Sagasti -presentado como el mal menor- o el comunismo capturen el poder los 5 años venideros.