Los parques de mi ciudad tienen más inauguraciones que árboles, los encuentro agonizando, enfermos, implorando un poco de vida, un poco de aire fresco y algo de libertad. Son cárceles de deshojados árboles y de campos abandonados, donde reinan la pampa pedregosa y la dañina tierra sucia. ¡Tremenda es la tragedia! Sus agresivos cercos, con barrotes de fierro, se parecen mucho al cerebro de las autoridades quienes justifican ingentes gastos en su pintado para reinaugurarlos varias veces. Últimamente su “preocupación por la seguridad” moviliza grandes recursos en la compra de cámaras de vigilancia así como en la contratación de serenos, para evitar que los peligrosos niños y ancianos puedan visitarlos.

En los alambrados cerebros de las autoridades no caben conceptos de espacios abiertos reservados para el ocio y relax de la comunidad, mucho menos que estos espacios producen oxígeno, regulan la temperatura, filtran la radiación, amortiguan ruidos y absorben contaminantes, entre otros. Ellos no entienden que “Los jardines están en la ciudad, lo mismo que los pulmones en el cuerpo humano” como señalara Josep Fontserè, porque los parques son jardines donde se vive y convive para siempre. Qué van a entender de parques y de salud los que celebran la muerte de los parques, ellos adornan sus oficinas con partidas de defunción de plantas y flores, embriagados en su reino de cemento. Estamos frente a promotores de la muerte cortados por la misma tijera de la ineptitud. No entienden que en una ciudad, los parques traen enormes beneficios para la comunidad; no entienden que son espacios de interacción entre personas para mitigar los tremendos males que genera el vivir en ciudades tugurizadas.

Así están nuestras ciudades en manos de ineptos buenos para nada, quienes muestran su total desprecio por los parques y, por ende, por nuestros niños. En suma, en manos de quienes no entienden nada de la vida.

Mientras escribo estas líneas suena la canción “El parque de los nietos” de Rafo Ráez y canto a todo pulmón “Vamos al parque de los nietos / que los impuestos nos bendigan / Que sea de todas las familias y que la sombra nos lo diga”.

No permitamos que en los pocos parques de nuestra ciudad se sigan sembrando fríos bancos donde adulen a la indiferencia e ineptitud. No seamos cómplices con nuestro silencio ante este “nuevo modelo de ornato” donde las flores florecen solo en los cementerios.