Lo decimos siempre, pero resulta indispensable recordarlo una y otra vez. Mientras la progresía marxista o caviar siga enquistada en, y dominando al aparato jurídico del Perú, en nuestro país no existirá Justicia con mayúscula. Desde los tiempos toledanos, esa secta insoportable se puso como meta gobernar férreamente al Estado -vale decir, a los poderes Legislativo y Ejecutivo- a través del poder Judicial y del Ministerio Público. Evidentemente ese dominio se extiende a todo el resto de la estructura social, política, económica, gremial, sindical, etc., de la nación, desde que la progresía marxista o caviar se infiltrara en diversos medios de comunicación disfrazada de un movimiento regenerador que combatiría la corrupción y los abusos que sucedieron durante la guerra desatada por el terrorismo contra el Estado. Con gran astucia supo aprovechar los aciagos años del fujimontesinismo. Particularmente, cuando Fujimori perdió el control del país frente a la avanzada de Montesinos. Fue en ese momento cuando la progresía marxista o caviar saltó a la fama, de la mano de la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Lo hizo para denunciar que acá existía no sólo corrupción, sino lo que llamó un sistema criminal de gobierno. Y desde entonces, repetimos, esta camorra domina a la llamada gran prensa -léase Comercio, República, RPP, canales 2, 4, 7, 8, 9,- utilizándola sin desparpajo como instrumento de coerción política para enrostrarnos su poderío persiguiendo a todo aquel que se oponga a sus dictados.
Fue alabardero de Toledo desde que éste se lanzó como candidato en tiempo de Fujimori. Gorriti era su sombra. Lo hizo respaldado por la progresía internacional de los Soros, etc., que brega por instalarse como el poder absoluto del mundo. Elegido presidente Toledo, Gorriti pasó a ser el poder detrás del poder. Desde entonces, salvo un cierto interregno durante el régimen García, nunca ha dejado de serlo. Guardando claras distancias filosóficas, conceptuales y religiosas, es una suerte de Richelieu criollo tras bambalinas. Jamás actuando al descubierto al interior del poder. Y evidentemente, con mayor capacidad de acción e influencia que su símil galo, dada la miseria intelectual de aquellos presidentes a quienes primero sirvió para después traicionarlos: Toledo, Humala, Kuczynski, Vizcarra y ahora Sagasti.
Vizcarra es el presidente que más poder le ha dado a Gorriti. Consecuentemente, a la maquinaria trasnacional que encarna. Hizo implosionar el sistema de Justicia para luego crear otro a imagen y semejanza del progresismo de los Soros que, manipulando a un ente que nombra, teledirige y destituye a jueces y fiscales -conocido como Junta Nacional de Justicia- hace y deshace en este país. Creador del Frankenstein justiciero sería Vizcarra. ¿Ejecutor? Gorriti. Allí surge esa “nueva justicia” vejatoriamente politizada y anticonstitucionalmente estructurada para cederle el control del sistema jurídico a un apparatchik transnacional, como es el marxismo del tercer milenio cuyo mandatario local se apellida Gorriti. Lo que vimos la semana que acabó con el affaire Vizcarra, contrastado con lo que les sucede a aquellos peruanos no marxistas, es muestra irrefutable de la anti-justicia que ahora impera en nuestra nación.