El velasquismo destruyó nuestra agricultura, arruinó la industria, devastó la minería, deshizo el comercio interior/exterior y desintegró el emprendimiento nacional, aplicando políticas estatistas acompañadas de medidas nacionalistas que nos convirtieron en una sociedad autárquica. Eso mismo ocurrió en Cuba, cuyo modelo sirvió de ejemplo a aquellos coroneles termocéfalos de los años sesenta que pretendieron comunizar el Perú a través de la nacionalización, estatización y confiscación de los medios de producción del sector privado. La consigna fue vivamos con los bienes y servicios que producimos. Una utopía demostrada en todos los idiomas. Las naciones que cierran sus fronteras matan de hambre a sus ciudadanos y reniegan toda prosperidad para sus sociedades. El velasquismo quiso convertirnos en productores de todo, a costa de obligar al pueblo a que adquiera sólo lo que producíamos. Iniciativa no solo inviable, sino productivamente encarecedora por simple sentido de eficiencia de mercado.

Aparte de generar monopolios que perjudican al consumidor. Producir millones de autos cada año, por ejemplo, les permite a los grandes fabricantes mundiales administrar una economía de escala que jamás podrían alcanzar unas plantitas, con característica de talleres cuasi artesanales, como esas “ensambladoras” que los velasquistas conminaron a instalar acá a las grandes marcas internacionales de autos para “fabricar carros peruanos”. En rigor, eran unidades fabricadas y luego desmontadas en el exterior por los mismos industriales transnacionales, para luego embarcarlas al Perú -en partes y piezas desarmadas- y, una vez acá, volver a ensamblarlas a triple costo, apelando a una mano de obra inexperta que ralentizaba la producción usando primitivos criterios de fabricación. Todo esto se reflejaba en la baja calidad del producto. Igualmente, aquello asignaba poca vida a unos bienes ensamblados a elevadísimo costo, lo que a su vez perjudicaba al consumidor peruano. En pocas palabras, toda industria artificial multiplica el precio de los bienes que, al finalizar del día, paga el ciudadano. ¡Vale decir, usted, amable lector! Un ritual que, repetido en todos los productos que consume este país, nos convierte en nación fallida. Y semejante sindéresis -volver al autarquismo de una industria peruana artificial, que tanto nos desangró como retrasó- es ahora propuesta por Castillo, el candidato de la hoz y el martillo.

¡Aparte, este postulante comunista pretende prohibir que exportemos e importemos papa! O sea, propone que en pleno tercer milenio el Perú regrese a épocas prehistóricas, aplicando conceptos triviales. Pero en este mundo globalizado, la aldea global penaliza a cualquiera nación que se sumerja en la autosuficiencia, convirtiéndola en paria. Cuba, Corea del Norte, Venezuela son pruebas irrefutables. ¡La receta es fortalecer nuestra productividad! Recordemos estas elocuentes palabras de Luis Bedoya Reyes, el último de nuestros grandes políticos: “Solo teniendo empleo la gente podrá adquirir bienes. Y al comprar bienes, se establecerán más fábricas que darán más empleo y generarán ahorro. Con el ahorro habrá inversión, y con la inversión habrá nuevas fábricas. Y esas nuevas fábricas crearán nuevos empleos. Solo así se han construido grandes los países en el mundo. No a través de la demagogia, sino del esfuerzo y la responsabilidad”.