Los audios de la vergüenza, que mostraron el nivel, absolutamente impropio, del entorno presidencial y las propias maniobras del mismo Vizcarra para encubrir su conexión con Richard Cisneros son bastante elocuentes y reveladores, además de mostrarle al Perú delitos clamorosos. En una democracia consolidada estos hechos hubiesen ameritado la inmediata renuncia del mandatario o su vacancia.
Lamentablemente en Perú el establishment que auténticamente manda aquí -la constructocracia brasileña y sus consorciadas peruanas, cierto sector del gran esquema empresarial, la gran prensa mayoritaria y una red de oenegés de izquierda marxista y clasista- decidieron que había que mantenerlo a toda costa en el sillón presidencial, más allá de su inmoralidad manifiesta. Crearon así una campaña de demolición de la causa de la vacancia que tuvo efecto en la débil convicción de los grupos parlamentarios. El interés de todos los grupos que sostienen al mejor amigo de Swing es mantener un esquema de beneficio de los recursos públicos hacia sus arcas particulares. Ello a través de contratos de infraestructura lesivos para la patria, a través de publicidad estatal contratada en sus medios, en consultorías para sus asociaciones o para sus amigos, entre otras goyerías. Sintieron que la caída del moqueguano hacía peligrar todos sus beneficios.
El Congreso debió responder con autonomía y convicción republicana y resolver de acuerdo a la gravedad de los hechos y en el marco de la constitución. Sin embargo, recularon. Dos psicosociales bastante burdos y exagerados como la comunicación de Merino de Lama con mandos militares y una nota de gente sin poder al ministro Incháustegui tuvieron efectos desmesurados ante la lábil corriente pro vacancia entre los legisladores. Con la vergonzosa votación del último viernes este Parlamento se ha autodisuelto para todo efecto práctico, se ha autodisuelto pues luego de esto difícilmente tendrán arresto político para cualquier gran reforma o para siquiera fiscalizar al Ejecutivo, que ha quedado con la pista libre para terminar su mandato sin control ni contrapeso. Y es que el escenario ha sido de un surrealismo macabro: luego de largos días en los que los representantes de diferentes bancadas lanzaron opiniones mortales, llenas de adjetivos y poses escénicas contra el Presidente sustituto, al final le entregaron sus votos de respaldo, inexplicablemente, al menos desde lo político. Y digo esto último porque quizás las cosas sean más fáciles de entender desde las causas judiciales de los líderes, de Urresti, de los Acuña, de Keiko y su esposo. Sus pendientes con la justicia y quizás algunas prebendas pesaron más que la dignidad y su compromiso con sus electores.
Vizcarra ha perdido el respeto mayoritario del país, su imagen está muy dañada, pero el punto clave es que aún es funcional a los intereses de los grupos que lo sostienen. La agenda de ellos se mantiene vigente y está bastante alejada del Perú popular y la agenda social de las mayorías. Será usado para dar directivas al aparato público que permitan la victoria de alguien que resguarde el actual status quo. Luego, muy probablemente echen a los leones a Vizcarra, cuando ya no les sirva.
Lamentablemente el compartamiento sinuoso y pusilánime de casi toda la representación parlamentaria ha dejado la puerta abierta para que el radicalismo antaurista y el esquema ultrapopulista del Frepap queden ante los ojos de amplios sectores ciudadanos y populares como la única oposición que tiene actualmente este régimen. Circunstancia muy compleja a tan sólo seis meses para la primera vuelta electoral.