El plan de Fidel siempre fue apoderarse del petróleo de Venezuela. Le fue imposible durante 35 años hasta que logró usar al chavismo para conseguirlo.

Hoy el eje La Habana-Caracas ve con desesperación que el petróleo no será ya en el siglo XXI la herramienta política que fue en el siglo XX.

La izquierda trató de usar el ambientalismo para sus fines, pero cayó en su propia trampa. La energía del siglo XXI vendrá de recursos renovables tan variados -el agua, el sol- que los Estados no podrán apropiárselos con exclusividad. No servirán como herramienta política.

Para el eje La Habana-Caracas es cuestión de superviviencia apropiarse entonces de los recursos naturales clave para el siglo XXI -el cobre, el litio, las tierras raras, para fabricar desde autos eléctricos y baterías hasta equipos digitales-, y el uranio, sí uranio, para fines militares. Todo eso existe en el sur del Perú. Y también en los Andes de Chile, Bolivia y Argentina.

Los tres han sido precisamente los blancos de la reciente ofensiva política masiva del eje que ha triunfado por ahora en Buenos Aires y La Paz, donde tiene dos gobiernos aliados de La Habana y Caracas, y también en Santiago de Chile donde ha logrado vender la idea de que las fallas del modelo económico se van a reparar con el cambio constitucional.

El baluarte hoy es el Perú en las elecciones próximas. Y el escenario sudamericano reciente ha empoderado en el Perú al castrochavismo y a su eterna tonta útil, la izquierda caviar.

A eso se debe que el Congreso provisional, dirigido ahora por el Frente Amplio de Marco Arana, se haya encontrado con la oportunidad de desenterrar su rancia agenda política, sepultada hace 30 años, y atacar sistemáticamente el modelo económico que hizo posible un crecimiento económico nunca antes visto en la historia del Perú. Nunca se atrevió a tanto. Se le presentó la ventana de la oportunidad y ha hecho en pocos meses todos los cambios que antes nunca pudo.

Habiendo tomado el gobierno además del Congreso, pero sin tener el poder, apunta ahora a hacerse del poder en el Perú por el medio que sea, democrático o no, para controlar los recursos naturales y acceder a la mesa de poder del poder global.

Ese es el delirio fanático con el que en las elecciones nos veremos las caras.