Marcelo Odebrecht es un delincuente de cuello blanco, un psicópata corporativo que en diez años demolió el prestigio de la constructora creada por su abuelo, y expandió sus operaciones corrompiendo a funcionarios y políticos de buena parte de Latinoamérica. El viernes el maleante del Brasil fue despedido del grupo constructor familiar, por su propio padre.

A través de un comunicado, la constructora informó que la “desvinculación” fue resultado de las recomendaciones de veedores independientes del Ministerio Público Federal del Brasil y del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Pero Marcelito no estaba dispuesto a rendirse. Según el diario Folha de Sao Paulo, Marcelo envió correos electrónicos a varios familiares y directivos acusando a Emilio, su papá; a Mauricio Ferro, su cuñado; y al nuevo presidente de la empresa, Ruy Lemos Sampaio. En esos correos dijo que ellos eran los verdaderos culpables de las complicaciones de la empresa con la justicia y de la debacle económica. Lemos Sampaio contestó y afirmó al diario Valor Económico, que Marcelo “chantajeó” a la empresa; y que pese al daño causado pidió -y recibió- alrededor de sesenta millones de dólares como condición para acogerse a la colaboración eficaz.

No contento con el daño causado a la empresa que lleva su apellido, la defensa del apodado “Príncipe” envío un comunicado a la Agencia Fance Press, afirmando que su despido era “otro acto de abuso de poder” del nuevo presidente del grupo, Ruy Sampaio para frenar las denuncias interpuestas por Marcelo en su contra.
Las conductas corruptas de los grandes empresarios son una amenaza para el sistema de libre mercado, mayor que cualquier influencia comunista. Si quienes deben dar el ejemplo saquean, no solo a los suyos, sino a países enteros; la confianza de la población en el empresariado termina por resquebrajarse y afectar a personas que nada tienen que ver con los hechos inmundos. Basta ver el caso de José Graña Miró Quesada que con su ocultamiento de información, los brutales sobrecostos en las obras para los más pobres, y sus constantes mentiras, golpearon a su empresa Graña y Montero, y al grupo de medios en el que es socio minoritario. Allí ha tejido una compleja telaraña para lograr una mayoría, a la que no parece preocuparle aliarse con este individuo así sea un maleante, sin muestra de arrepentimiento.
Duele ver a jóvenes periodistas tapando las pillerías de este individuo, la grotesca manipulación de conceptos y el alineamiento de colegas cuyo silencio y complicidad en campañas desinformativas los dejarán manchados por siempre, como al propio Graña y al tal Marcelito.