Nada debería entusiasmar más a un intelectual al que le tienta iluminar, que dirigir la Biblioteca Nacional. Más allá de la red de bibliotecas o de la promesa de un museo del libro, es el rescate de algo que se está perdiendo: el amor a la lectura, a esa lectura tradicional o a la entonación animada del que frasea a Arguedas o a Vargas Llosa. Una experiencia lumínica como esa la tuve hace algunos años cuando aproveché uno de esos paseos literarios por el centro de Lima, organizado por la Casa de la Literatura –CASLIT (que debería ser La Casa de las Letras, para incluir lo que queda fuera de la ficción, Humanidades digo).

El muchacho que nos guiaba (que lamentablemente ya no está con nosotros) leía textos de Zavaleta, Ribeyro, Congrains, Bryce… con tal amor, paladeando los vocablos, pasando las páginas con adoración, tanto que provocaba arrancarle esos libritos viejos de páginas dobladas que extraía de su morral, solo para enamorarse como él de las palabras.

Fue allí que pensé que la Casa de la Literatura debería serlo de las Letras, la Casa de las Letras o la Casa del Libro (que es en cierta forma la Casa de Papel, porque tenemos que dejar un rato la pantalla azul para volver al papel). Urge la Casa del Libro en sinergia con la Biblioteca Nacional para incentivar desde sus sedes el amor por la lectura del papel y el sonido de las palabras (no sé cuál lleva al otro). Hace poco íbamos al cine y nos resonaba la frase de una composición criolla en la pantalla, antes de la película, ¿se imaginan muchas voces en muchos sitios recitando a Vallejo, leyendo fragmentos de Oswaldo Reynoso o Eielson? Para eso también debería ser la Biblioteca Nacional y la Caslit, para inspirar, para llamar al amor a las letras y no solo ser materia de árbol muerto. Debe ser también un sistema de adopciones de libros en proceso, invitar por deducciones a las empresas. Si eres un escritor con talento, pero sin empleo, no crearás, sobrevivirás sin prevalecer; pero si Mecenas cuida de ti mientras creas…Vamos por una república de las letras.

Escribir no debe ser clamar en el desierto. Los poemas tampoco deben ser más los apestados de la cultura; la novela debe sonar con el drama en las calles; y culturizarse o culturizar no debe ser una excentricidad sino un acto de amor.