Vivir es meter un par de camisas en una vieja maleta y salir, como el capitán Ahab, para el Cabo de Hornos a la caza de la aviesa ballena del destino. Parados en la cubierta del Pequod, lo mismo que en la torre más firme de la memoria o en el pabellón de un hospital repleto de tristeza y amargura; con el arpón en ristre o con la armada palabra, o sin nada que no sean nuestras propias y vapuleadas manos, miramos el mar, el cielo, la vida como un inmenso campo de batalla.

Somos cazadores pero también podemos ser víctimas y en esa ambigüedad a veces no sabemos qué somos finalmente. Impelidos a dominar la naturaleza, hemos roto una unidad que nos venía de muy antiguo. Ansiosos de sitiar a nuestra presa, delimitamos un coto pero nos olvidamos que por más grande que éste sea no podrá abarcar nunca el trazo de los meteoros ni el viaje de las aves migratorias en las noches de otoño. Tenemos, sin duda, miedo a naufragar pero mucho más miedo a navegar sin rumbo ni esperanza. Por ello, como los arponeros infieles del Pequod en la hora decisiva, mantenemos la vigilia por amor o por lealtad o por un fatal designio. Qué importa morir si es arrastrando a la ballena herida. Qué importa no ser Jonás si somos Jesús caminando en el mar de Tiberíades.

La caza de la ballena es, según la mitología, un símbolo de la búsqueda del renacimiento personal y colectivo. Bautismo de agua o de fuego, sin él no podemos trascender los escollos invisibles de la vida. Y los visibles, demasiado visibles, aquellas tranqueras de la enfermedad y de la muerte de donde debemos emerger porque estamos hechos para eso. Necesitamos creer ahora más que nunca que esto es posible, que somos como el ave fénix aunque nuestras plumas sean de un gris oscuro y macilento.

A la vez que viajamos a la solidaridad y a la compañía del que sufre, debemos ir hacia adentro de nosotros para renacer. Como Heracles que se lanzó a la boca de la ballena y la derrotó, así debemos combatir a los monstruos que nos impiden el ingreso a los vastos silencios de nuestro mundo interior, allí en donde las cenizas pueden resurgir y en donde está el único mirador desde el que se puede vislumbrar lo que verdaderamente pasa.

La adversidad nos está poniendo a prueba. No lo parece del todo pero vivimos una tragedia. La peste nos asola y nos quedamos sin aire. Queremos ir hacia arriba pero la pendiente se inclina cada vez más y muchos caen luchando o sin luchar, solos, irremisiblemente solos.

Herman Melville (cuyo verdadero nombre era tal vez Ahab o Starbuck o Stubb) vislumbró la hora suprema del azar, del infortunio pero también de la lucha y quizá no reparó en ello distraído con los aparejos y con la euforia del muelle. Mozo de cabina en Liverpool, profesor de literatura en Vermont, tripulante del ballenero Acushnet en los mares del Sur, náufrago y sobreviviente en Nueva Guinea, compañero de los caníbales en las islas Marquesas, prófugo y presidiario en Papeete, agricultor en Honolulú y finalmente narrador en el mundo de su propia Odisea, alcanzó a Moby Dick en sus sueños ya que no pudo hacerlo en el mar y entonces descubrió, por fin, lo que tantas veces había sospechado a bordo del Pequod: que la vida no es nada más que resistir el temporal, parado y sólo sobre la inundada cubierta del destino.