El 5 de mayo de 1789, en oposición al sistema de gobierno imperante en Europa, el feudalismo o Antiguo Régimen, estalló la Revolución Francesa, como el desenlace de las Revoluciones Burguesas o Liberales de 1820, iniciada en España; la Revolución de Julio o Las Tres Gloriosas de 1830, La Primavera de los Pueblos o el Año de las Revoluciones de 1848; y, la de 1871, la Comuna de París.

En los tiempos del feudalismo, las personas nacían y morían perteneciendo a alguno de los tres Estados: la nobleza, la aristocracia, los ricos que ostentaban el poder; la clase clerical; y, los pobres, el pueblo. Entonces, si nacías criador de cerdos, morirías criando cerdos. Si nacías noble, vivirías y morirías en opulencia, en abundancia.

Surge así, en Europa, el movimiento cultural intelectual conocido como La Ilustración, que promovía cambios profundos en las estructuras sociales. Entre otros aspectos, sostenían que el conocimiento erradicaría la ignorancia; sobre todo la tiranía feudal imperante. Así, se lograría erradicar la visión determinista e internalizada de que la clase social en la que naciste fue un designio de Dios. Entonces, con educación, el reconocimiento de derechos humanos inalienables, el más pobre de los individuos podría cambiar su destino, pasando de criador de cerdos a desempeñarse en otras actividades, hasta lograr el progreso.

Quijotes, actualmente somos testigos que, al igual que en la Europa feudal, en el Perú subsisten las clases sociales y diferencias deterministas de la Francia feudal, que condenan a millones de peruanos a nacer pobres y morir pobres.

En el Perú no tenemos ya nobleza ni aristocracia, pero sí grupos empresariales poderosos que manejan los destinos del país a su antojo, sin reconocer derechos a la clase trabajadora. El papel del clero feudal ha sido asumido por los PROPIETARIOS de los partidos políticos, quienes ya no nos pueden engañar diciéndonos que la pobreza en la que nacimos es designio de Dios y debemos resignarnos, pero sí hacen que los corruptos y representantes de los poderosos nos gobiernen. Respecto del pobre del feudalismo, ¿en que se diferencia del de los asentamientos humanos peruanos? Pues ¡EN MUY POCO!

Las marchas de los jóvenes, las protestas agrarias, las reformas constitucionales, la lucha contra la corrupción, son nuestras revoluciones, que a sudor, lágrimas y sangre buscan cambiar este insostenible régimen feudal moderno.
Marx consideró a la Comuna de París una batalla que, previsiblemente se iba a perder, pero que fue necesaria, el fundamento, el germen, para la revolución que desterraría al sistema feudal.

Las luchas sociales deben darse, claro que sí. Pero cuidado, aprendamos de los errores. Recordemos cómo terminó la lucha reivindicativa por el agua frente a la actividad minera descuidada y abusiva: con el ¡CONGA NO VA!… ¿Alguien ganó?… No, todos perdimos.

Quijotes, aprendamos de las experiencias, aprendamos a ganar batallas. Entendamos que las luchas sociales justas, sí bien fuertes, decididas, no deben ser irreductibles.

Hermanos agrarios, que la Comuna de Ica no termine en un lamentable grito de guerra: ¡EL AGRO NO VA!

¡JUBILACIÓN POLÍTICA YA!